A PILAR
Y EN OTROS MUNDOS
Antes de la aurora,
un aislado destellos del cielo relumbrará
en los cristales de la sala y desde el piso superior de la residencia, rebotará en
los espejos de la planta baja, se multiplicará iluminando los ambientes y
llegará al primer sótano, con una luz tan intensa como la del mediodía.
A las seis de la mañana de ese día de diciembre de 1910, un
nuevo grupo de criados relevarán a aquellos que permanecieran despiertos
durante la noche para vigilar la mansión. En la cocina, encenderán el horno y
aprontarán un par de faisanes, una bolsa de azúcar y otra de harina para
elaborar las confituras preferidas por la dueña y su invitada. Al despertar, Terencia
será asistida por Eugenia en las tareas de bañarse y vestirse y más tarde,
luciendo una falda roja larga hasta los tobillos, un amplio sombrero con flores
de tafetán y zapatos plateados con adornos de perlas, aceptará la invitación de
Brenda para recorrer el amplio parque, con un par de bosques, un arroyo y una
colina pequeña.
—
He iniciado la
lectura de “Las Casas Asesinas” de Edgar Mundsen, el libro que me recomendaste —
comentará la invitada luego de sentarse junto a su anfitriona bajo los árboles.
—
Cuéntame tu impresión
—
Es interesante,
aunque resulta un poco exagerado cuando afirma: “la mujer que se quita los
zapatos en una vivienda, convertirá sus muros en máquinas de matar”. Hay algo
que no entiendo: tú perteneces a esa Cofradía de Mujeres Descalzas y tienes un
libro donde se ataca la desnudez de los pies.
—
Así es, Terencia. El
autor opina que las plantas de toda mujer están repletos de demonios y que se
liberan al quitarse los zapatos. Edgar Mundsen es un enemigo jurado de la
Cofradía de Mujeres Descalzas y para oponerse a ella ha formado la Gran Logia de
los Zapateros de Europa, tomando como base uno de los gremios medievales que
durante siglos uniera a gente vinculada al oficio. Ellos nos han declarado la
guerra, pero eso es otra historia. El motivo por el cual te pedí que leyeras el
libro, es porque el autor admite que en los pies de la mujer hay fuerzas que
actúan sobre la realidad y ese es el único punto en que estoy de acuerdo con él.
Disiento en todo lo demás. En el apéndice menciona esta casa y la califica de “muy
peligrosa”. También dice de ella que es una “máquina de matar”.
—
Te confieso que la
hierba fresca en este día me llama a quitarme los zapatos y caminar
con los pies desnudos, pero luego de leer los argumentos del libro, me
contengo.´
—
Puedes hacerlo,
querida Terencia. Ya te dije que mis pies, luego de años de rituales y trabajo
interior, han cobrado una fuerza excesiva. Si me descalzara podría hacerte
daño. Mundsen tiene razón en un al afirmar que las plantas de una mujer
contienen influencias nocivas, pero niega o ignora todo lo positivo que sale de
los mismos. Quítate los zapatos, Terencia y examinaré tus pies. Ellos guardan tu
pasado, presente y futuro.
Terencia desnudará sus pies blancos, con líneas azuladas en
los empeines. Brenda los examinará de los talones a los dedos.
—
Alegarás que mi
conocimiento de ti condiciona la profecía, pero en tus plantas está claro que
eres demasiado mental y en tu pasado te enfrentaste muchas veces a la frase: “piensas
demasiado para ser mujer”. Ahora estás por llegar a una encrucijada, algo que
te hará cambiar de mundo pero en un sentido negativo; deberás afrontar una
importante crisis que tiene que ver con la luna…
Brenda
señalará en el cielo claro la silueta creciente del astro.
—
Tienes razón en
decirme que soy muy mental — responderá Terencia — por eso no creo en profecías
ni en técnicas adivinatorias, aún cuando vengan de ti, a quien aprecio como una
gran amiga. Prefiero que me cuentes tu historia. Aún cuando haya situaciones
que repugnen mi inteligencia, admito que me divierte.
Con un
suspiro de alivio, Terencia volverá a calzarse.
Las miembros de la Cofradía de Mujeres
Descalzas, disponían de una tradición oral que, según la leyenda, contaría con
siete milenios. Cantidad de relatos, aforismos, poemas y explicaciones míticas sobre
el origen del universo y su relación con el pie humano, debían ser trasmitidos de
persona a persona en forma de aforismos, cantos o relatos susurrados en la
sombra; las ancianas no sólo los volcaban en los oídos neófitos, sino que
enseñaban reglas nemotécnicas para retenerlos. Entre los siglos XVIII y XIX,
este profuso contenido fue volcado a los veinte tomos manuscritos de Los Anales Descalzos; en sus páginas, las hermanas de la Cofradía , consignaron los principales hechos acontecidos
en el Pueblo de las Descalzas
Dentro de la orden se levantaron voces
contra esta obra; alegaban que la puesta por escrito de tradiciones milenarias,
traicionaba su sentido y se comenta que los sectores más conservadores serían
responsables de su supuesta destrucción, producida hacia principios del siglo XX.
Quienes pudieron acceder a la obra completa,
afirman que en el registro correspondiente al año 1898, se describe en detalle la
relación amorosa entre Brenda Diermissen y el célebre Erick el Rojo, siendo
ésta la única historia de amor mencionada en los cincuenta tomos. Notas muy escuetas,
enumerarían fechas y eventos, deteniéndose con mucho detalle en los rituales; los
acontecimientos del año que permaneciera Brenda en la Ciudad de las Descalzas, habrían ocupado la totalidad de uno de los
gruesos volúmenes y la narración del vínculo amoroso entre la joven y el
bandolero, estaría descripta en términos casi románticos.
De los Anales,
sólo sobrevivieron varios resúmenes escritos por M. Steiner, uno de los
biógrafos de Erick el Rojo. El siguiente relato, se basa por un lado en las
memorias personales de Brenda y por el otro en los extractos conservados de la perdida
obra .
Cuando
la muchacha escapó horrorizada al ver como Cristino era devorado por su propia
joroba, montó el caballo castigado por el contrahecho, que sangraba
profusamente por la herida del cuello. Podía haber elegido el otro corcel para asegurar la huida, pero temió
por la suerte del equino negro. Ella misma reconocerá años más tarde al relatar
el hecho, que por encima del miedo, se sintió solidaria con la bestia y
concluyó que la salvación debía ser para ambos.
Los hombres de Erick el Rojo que la
recibieran al cruzar el pequeño arroyo, llevaban rifles en la espalda y
bandoleras repletas de proyectiles; interrogaron a la muchacha con voces
ásperas y firmes. Superando el miedo y mirándolos fijamente, Brenda contestó con
tono seguro a las preguntas.
—
¿Cómo sabemos que no es una espía?
El hombre que repetía por décima vez esta frase,
era de estatura pequeña, con la nariz afilada y un mechón de cabello cayendo
sobre la frente. A Brenda le recordaba un viejo comerciante de su pueblo; los
mismos gestos flemáticos, las manos regordetas, sólo que en este caso se
destacaban unos ojos fríos, inquisidores. La muchacha recordó el consejo de la
señorita Cora, su institutriz; cuando te
encuentres en una situación difícil,
mirarás el entrecejo de la persona que tengas frente a ti y responderás con
seguridad
—
Ya le dije que m nombre es Brenda Diermissen. No soy de la
zona. Viajaba a la ciudad y en el camino fui atacada por el cochero que debía
guiar la diligencia. Pude escaparme y llegué hasta aquí buscando protección.
El aspecto del hombre que la interrogaba
era de un campesino cuya astucia habría aumentado al tener que participar en las huestes de Erick el Rojo. Brenda sintió
que no sólo observaba sus pequeños gestos, sino el brillo de su traspiración y
el mínimo cambio en el rostro para determinar si mentía
Con un gesto llamó a otros dos hombres
armados con fusiles para que custodiaran a la joven, subió al caballo y se
marchó. La tarde avanzaba y de no ser por su incertidumbre, Brenda hubiera
podido apreciar el canto de los pájaros, el murmullo del río y la atmósfera de
paz que trasmitía el paraje. A la distancia se extendía la mancha entre verde y
negra de un lago; en el centro del mismo se levantaba una casa azul, que le
recordó el sueño de días atrás, pero con la diferencia que una tupida
vegetación de hierbas y arbustos rodeaba a la vivienda. Quizá allí se
escondiera el hombre que lo veía todo; quizá los centinelas y ella misma tuvieran en sus
cabezas hilos muy tenues para moverlos como marionetas.
Otro miliciano llegó con una orden, y los
guardias condujeron a Brenda a una pequeña cabaña donde sólo había una mesa y
un banco de madera; permanecieron
en la puerta, firmes, dispuestos a intervenir si fuera necesario. La muchacha
se tendió sobre el banco; se sintió muy cansada y se durmió de pronto.
Al despertar, advirtió que alguien la había
cubierto con un chal. El atardecer caía sobre el lago y en alguna parte sonaba
una música. Escuchó a lo lejos aclamaciones y aplausos y al asomarse, vio una
casa enorme, también parecida a la de su sueño. Entre los árboles y los muros
de la mansión, unas muchachas extendían hileras de guirnaldas con luces y
adornos. ,
—
¡Erick, prepárate que esta noche bailaré para ti! — gritó
la voz aguda de una mujer , mientras a su alrededor reían y aplaudían.
Brenda subió al banco para observar mejor. En
el parque que rodeaba la casa, marchaban caballos aderezados, jóvenes vestidos
con túnicas blancas, algunos portando antorchas y otros sosteniendo un enorme
cartel en el que se leía:, BIENVENIDO ERICK.
La muchacha no supo en que momento el
hombre llegó en silencio a la cabaña; ahora la esperaba de pie a sus espaldas y
al volverse lo vio parado, sosteniendo un plato con ensalada y carne cocida. Ayudó a la
joven a bajar del banco, con un gesto le indicó que se sentara, apoyó la comida
sobre la mesa y la miró fijamente; entre la espesa barba, asomaba la nariz tan fina que no parecía pertenecer
al rostro. Los labios emergían como un par de islas de carne en medio del pelo
sedoso que cubría casi toda la cara y un poco más abajo, asomaba la
punta rojiza del mentón. Lo que más impresionó a la joven fueron los ojos: pequeños y agudos como dagas— diría años
más tarde al tener que describirlos. Un revólver gigantesco colgaba de la
cintura.
Se imaginó a sí misma, despeinada y sucia. En algún momento de la huida
había lastimado su pie derecho y lucía
en el mismo una herida con forma de pájaro. Lo escondió avergonzada, y se
preguntó si el vestido no dejaría ver demasiado el escote, por lo que se cubrió
con el chal.
— Hemos comprobado que es cierto lo que
dice. Ahora debe comer.
La voz del hombre era cordial, casi acariciadora, y no coincidía
con el brillo frío de los ojos
— Se lo agradezco, pero quizá usted pueda
decirme por qué me tratan así. Tengo frío y hambre; fui golpeada por el cochero
que me conducía y a quienes ustedes parecen conocer; encima me acusan de ser
espía…
Inesperadamente, el hombre se arrodilló junto a ella. Brenda reconoció
el fuerte olor a tabaco y traspiración que percibiera en uno de sus
sueños.
— Usted es Erick el Rojo
— Si logró reconocerme, es que quizá sea
espía y nos hemos equivocado — la sonrisa aportó a su rostro una expresión de ingenuidad. Brenda se asombró
de que aquel fuera el bandolero cuyo nombre nadie quería pronunciar;
arrodillado frente a ella, con una expresión casi infantil, no parecía temible. Tomó con suavidad el pie herido de la joven y
lo examinó.
— Esta
herida es solo un rasguño que no altera la belleza de sus plantas. Ya conocerá
a la Cofradía de Mujeres Descalzas que
son las protegidas de mi ciudad. A veces pienso que la admiración por los pies de
las mujeres, puede ser un contagio de los nobles europeos que son nuestros
enemigos, pero el carácter milenario de la orden y su relación con la tierra,
me han llevado a convertirla en uno de los pilares de mi imperio.
t
El ladrón volvió a examinar más atentamente el pie de Brenda
y la muchacha se sonrojó.
— Estuve descalza todo el día y mis pies
están sucios…
— Deberé reprender a mis hombres; les
hubiera bastado observar sus plantas para advertir que no es una espía. Se
entrevistará con Benita Garmendia, quien conoce mucho acerca de pies femeninos y
le dirá algo sobre su futuro. Coma; debe alimentarse. En la noche conocerá a
las muchachas de la Cofradía y ellas la ayudarán a bañarse.
Incorporándose, Erick dejará de sonreír y sus ojos mirarán
fija y fríamente a Brenda.
— Usted habla como si todo estuviera
decidido — dijo la muchacha — ¿Por qué está tan seguro que me quedaré en este
lugar?.
— Todos
saben que cuando se atraviesa el bosque y el puente que nos separa del sendero
público, no hay regreso.
— Entonces soy su prisionera
— En cierto sentido, sí. Tres anillos de
seguridad, formados por hombres largamente entrenados, le impedirían regresar a
su vida anterior. Sin embargo, le doy mi palabra que dentro de la Ciudad de las
Descalzas, usted tendrá más derechos y libertades de los que pueda conseguir en
la sociedad convencional.
Brenda cerrará los ojos para recordar el sueño
— Hay un lago y una casa azul donde todas
las mujeres marchan descalzas. En el centro de la isla, un personaje misterioso
las maneja a todas con hilos que salen de sus pies.
Erick el Rojo contendrá un gesto de asombro.
— Está bien informada acerca de nosotros,
pero lo que describe no es exactamente así.
El ladrón tomó la mano de la muchacha, y apoyó en ellas sus
labios durante varios segundos. Luego se marchó con un andar cansino y los hombros
levemente inclinados, como si algo le pesara.
— No es un bandolero — se dirá Brenda a sí
misma— es un poeta.
En el futuro, y glosando el
comentario de un periodista de la época, “ …el siglo XX se levantará como un
amanecer radiante y siguiendo la tea del
progreso, brindará al mundo una era de felicidad”. En aquella mañana, mientras
el promisorio sol de la nueva centuria caracoleaba entre los cristales de la
mansión, Brenda y su huésped continuarían la charla interrumpida la noche
anterior.
— …
y supongo que habrás comido la carne y
la ensalada que te trajeron — querrá saber Terencia.
— Claro.
Tenía hambre, y además muero por la carne de ciervo..
— ¿No
adviertes que fue una forma de inducirte la sugestión? Comer lo que te ofrecen,
vestir las ropas que te proveen, respirar el aire de ese mundo contaminado por
la sugestión…
— ¿Qué
dices, Terencia? Según tus palabras, debería haber permanecido hambrienta,
desnuda, sin respirar, para finalmente morir o evaporarme en el aire.
— Se
supone que estabas en otra realidad, en una especie de sueño
— Cuando
eso ocurra, lo señalaré para que no tengas dudas. Créeme que en el campamento
de Erick el Rojo no estaba soñando. Lo que quiero ahora es que me permitas
continuar con el otro relato.
— ¿El
otro relato?
— Una
Brenda fue testigo de la joroba que devoró a su dueño y escapó perseguida por
la giba; en tanto, otra Brenda, su doble si quieres llamarlo así, marchaba a
completar su destino, en dirección a la ciudad donde viviera su novio Pablo.
— Sabes
que eso no lo concibo. Está en contra de toda lógica.
— Debes
concebirlo, querida amiga. Tú supones que este relato se desarrolla en otro
tiempo y en otro espacio. Esto lo convertiría en un cuento de hadas, donde todo
puede pasar. Brenda regresa pasado un año, cuando acaba la historia que te he
empezado a narrar. Encuentra la salida de cierta encrucijada del tiempo y vuelve
al mismo sendero. Retoma el punto en que cambió su vida y sigue el viaje que
había iniciado, el que la llevará a enfrentarse con su espectral pasado.
— Está
bien, escucharé la historia aunque la considere una fantasía innecesaria, pero
son pocas las veces que en el relato dices “yo esto” o “yo aquello”. Te
pregunto: ¿por qué hablas de una y otra Brenda como si fueran dos personas
diferentes?..
— Podría
decirte que es una figura narrativa, una forma de capturar tu interés, pero te contestaré
con la verdad: ambas mujeres contienen mi vida, mis recuerdos, mi experiencia,
pero no llenan toda mi identidad. Siguiendo a algunos filósofos, creo que el yo
es ilusorio; en este caso, he surgido de ambas Brendas que son iguales a mí,
aunque en un punto íntimo y oscuro, somos diferentes. Imagina que enciendo una
vela con otra: la nueva luz no es la antigua y sin embargo proviene de la misma
fuente.
— Quieres
decirme que ellas han muerto y que tú has resucitado…
En ese momento se presentará Eufrasio,
el criado negro. Desde la puerta de la sala de los cristales, pedirá permiso,
avanzará hasta ubicarse en medio de dos túmulos transparentes sobre los que se
reflejará el sol esparciendo la luz en el contorno del cuerpo y dando a la piel
del moreno un tono grisáceo, pero de honda luminosidad. En sus enormes manos traerá
un conejo hecho de mazapán y azúcar para la invitada de la señora y se lo
alcanzará con una sonrisa y una profunda reverencia. .
Una hora después de la partida de Erick el rojo, se
presentaron dos mujeres con vestidos livianos; ambas llevaban trenzas largas
hasta las caderas y calzaban altos zuecos. Hicieron una seña a los centinelas
que se alejaron y luego de saludar a Brenda, le pidieron que las acompañaran. Caminaron por un
sendero del bosque y la muchacha comprobó que los árboles de la zona tenían
rostros humanos grabados en los troncos.
Al llegar a una cabaña con techo a dos aguas, le indicaron a
Brenda que entrara antes que ellas. El
único cuarto estaba dividido por una tela de algodón y aunque el lugar pareciera
limpio, flotaba en el ambiente un olor espeso, dulzón, insoportable. Una de las
mujeres pasó al otro lado de la cortina y habló en un idioma extraño con alguien
que estaba allí; la joven no podía verla, pero supo que era una
anciana.
— Benita te recibirá — anunció y ambas se
marcharon saludando con una reverencia.
Como no le indicaron que pasara, la muchacha quedó esperando
mientras escuchaba la respiración de la mujer.
— Te estoy esperando — dijo una voz
cansada; Brenda corrió la cortina y se asomó tímidamente. En una amplia cama
había una anciana más bien pequeña, aunque sus pies y piernas eran gigantescos.
Desde las rodillas, la hinchazón bajaba implacable, hasta convertir las plantas
en verdaderas moles azuladas. Los dedos apenas se distinguían y la piel en los
empeines parecía a punto de estallar despidiendo un fuerte olor a podrido.
Brenda hizo una reverencia.
— Soy Benita Garmendia — se presentó la
mujer. El rostro tenía rasgos pequeños, una nariz afilada y diminuta, ojos
azules y profundos y una frente amplia y prominente. Un pequeño lunar junto a
la comisura de su boca, daba la impresión de una constante sonrisa.
— Me explicaron que usted examinará mis
pies, para informarme si tengo aptitud para entrar a la Cofradía de Mujeres
Descalzas.
La anciana negó con la cabeza.
— No
soy quien para definir la aptitud de nadie. Mi madre me tuvo a los noventa años;
médicos, matronas y parteras afirmaban que era imposible su preñez. Ella no era
capaz de parirme, y sin embargo, aquí estoy. Brenda… así me dijeron que es tu
nombre. Debes sentarte junto a mí. Quizá rechaces mis pies deformes y
malolientes; habrás visto que soy una anciana y las mujeres de la Cofradía con
pies pequeños y hermosos, muy diferentes a los míos, me respetan. Te
preguntarás el por qué de mis plantas deformes y ulcerosas. . Debes saber que
unos años atrás, eran las más bellas de Europa. Cuando me encontraba en el
vientre de mi madre, en la sexta semana, que es el momento en que crecen los
pies del feto, se formaron dos tenues soplos en mis empeines y luego del
nacimiento, crecieron desde allí dos dobles, como si fueran mis hermanas
gemelas: una de ellas es Benita Garmendia, campesina en Bavaria, madre de siete
hijos que siente un placer especial en apoyar su pie desnudo sobre la tierra
cruda y la otra es la hermosa jefa de la Logia
Descalza, una rama independiente de la Cofradía, cuyos miembros están
diseminados desde Francia a los Países Bajos. Ambas son réplicas exactas de mi
persona y han conservado en sus plantas la belleza de las mías.
Benita Garmendia hizo silencio y permaneció con la vista fija
en un punto detrás de su visitante; sus ojos tenían una consistencia vidriosa. De
pronto, pareció reanimarse y volvió a mirar a Brenda.
— Son muy pocas las mujeres que han
caminado descalzas toda sus vidas. Sólo ellas conocen la experiencia de las
plantas unidas al suelo desde que nacen, libres por completo del calzado. El
terror a la tierra y a su fuerza, hizo que el hombre cubriera sus pies. Los
ejércitos los usan para matar con más eficacia. Dijo Napoleón: “Soldados bien calzados ganan una guerra”.
La propaganda de las fábricas de zapatos convencen a la gente que andar descalzos
traerá serios problemas para su salud y su vida. Es todo falso. Sólo con el
paso de los años, cuando tus hermosas plantas conozcan la felicidad de servir a
la tierra a cada segundo, en una tarde serena, sentada en la puerta de tu
casa, con los pies en reposo, comprenderás…
La anciana calló y quedó mirando el vacío.
— ¿Comprenderé? — preguntó Brenda para
animarla.
— Esa tarde la tierra se abrirá para
mostrarte sus tesoros y advertirás la importancia del mundo que te tocó vivir. Ahora
dame tus pies,
Brenda se recostó en la cama para que la anciana examine sus
plantas. En las de Benita, una línea verde de mucosidad escapaba entre las
grietas de la piel reseca. La mujer revisó los pies de Brenda. Los olió y chupó
dedo por dedo.
— Son simples, suaves, rosados. Se asombran
frente al sol y a la lluvia y anhelan hundirse entre los suaves monstruos del
fango. Alguna vez han guiado a ejércitos enteros para que recuperen la luz y a
ti te traerán tres veces de la muerte. Atiende a esta marca con forma de
pájaro. No es una herida, sino un símbolo y una guía.
El olor de los pies de Benita se hizo más intenso. Brenda
trató de contener la respiración. En cambio, el contacto de las manos que
acariciaban sus propios pies, le resultaba agradable, y un vértigo llegó desde los
dedos de la anciana, subió por las piernas de la joven y concentró el placer en
su garganta. Luego tuvo rápidas visiones de carruajes que corrían, en un mundo
donde no llegaba el amanecer; su muerte se repitió una y otra vez y se vio a sí
misma perdida entre negros mares y acantilados.
— …y llegará un momento en que olvidarás
las cosas simples de la vida. Sentarte junto al lago, advertir la belleza del sol.
En algún momento partirás definitivamente, a pesar de los tres hombres que te
satisfagan, y entonces lamentarás no haber paseado con la luna por los senderos
del bosque…
La anciana soltó los pies de la joven, cerró los ojos y quedó
como muerta. Brenda se apresuró a apartarse y salió de la habitación. El olor
que llegaba de los pies de Benita, penetraba sus ropas y su piel. En la puerta
tropezó con una de las mujeres que la había llevado hasta allí.
— No sé lo que le pasó. Es Benita
Garmendia; quedó como dormida. No sé si ha muerto…
La otra entró y miró detrás de la cortina.
— Eso pasa siempre — aseguró — no hay que
temer. Ella es un oráculo y suele entrar en esos trances, En la noche, varias
mujeres de la Cofradía llegarán a limpiarla y a darle de comer.
Eustaquio, el enorme negro,
permanecerá en la puerta mirando a Terencia con ojos de adoración. La huésped devorará
el conejo de azúcar preparado por el sirviente y llenará su boca de mazapán. En
condiciones normales,, Brenda debería pedirle al sirviente que se retire; la señora y su amiga querrán estar a solas y
los criados no deberían escuchar las conversaciones de los amos. Terencia sabrá que
su anfitriona no será capaz de una reacción como ésa, debido a la extraña y excesiva relación de
confianza con la servidumbre.
Al salir de la escuela de
Mesmer, Terencia accedería a las exigencias de sus tíos maternos,
inscribiéndose en clases de protocolo para damas. Allí aprendería a caminar, a
moverse sobriamente y con una delicada gracia en cualquier circunstancia, pero
la enseñanza se concentraría en cuidar los modales a la hora de comer. Ahora, frente
a aquel conejo blanco y azul de mazapán, azúcar impalpable y con algunos toques
de chocolate, se impondrá el deseo intempestivo de lo dulce y con sus pequeñas
manos destrozará la golosina, llevando a la boca gruesos trozos. Se sentirá
incómoda ante la mirada de Eustaquio y recordará un comentario de su profesor
de protocolo: “los buenos modales son importantes para lucirlos frente a otros
de la propia clase, pero más que nada para que los sirvientes comprendan la
diferencia que nos separa de ellos.”
Brenda beberá lentamente su
té y observará la escena con una sonrisa.
— Querida
Terencia, deberás aceptar como una hipótesis fantástica la presencia de otras
Brendas que coexistan en el mismo tiempo y el mismo espacio. Como dijeran los
druidas, “toda sucesión es circular, no lineal”, de allí que cuando una Brenda
se dirige al serrallo de Erick el Rojo,, a vivir esa experiencia que le llevará
un año, luego de ese período, otra Brenda, cargada de experiencias y recuerdos
nuevos, retornará al tiempo que le tocó vivir, recorrerá aquel sendero y
llegará a la ciudad a entrevistarse con la familia de Pablo. El día de su
arribo, lloverá suavemente, y el carruaje pasará por la estación donde alguna vez,
en sueños, asesinara a su novio. Ahora el joven habrá desaparecido y la familia
llorará su ausencia.
Le pedirá a Eufrasio, su cochero que la lleve
a casa de su hermano Atilio, mayor que ella, de gustos burgueses, casado con
una joven de familia noble y padre de cuatro hijos. Las paredes de la amplia
mansión, estarán cubiertas de símbolos masónicos y cuadros de los
antepasados. De acuerdo a las costumbres, Brenda deberá llegar a su casa, antes de visitar la familia de Pablo;
desde allí despachará un mensajero para anunciar la llegada a la madre de su
prometido.
Una vez que el cochero y los
sirvientes bajen las maletas, Brenda se encontrará con Atilio, a quien saludará
con un respetuoso beso en la mejilla.
— ¡Estás
descalza! — exclamará él con sorpresa — Podré tolerar que una joven viaje sola por
los caminos de Europa, pero que lo haga sin zapatos me parece una falta de
sentido, un peligro, un atentado contra las buenas costumbres, además de un mal
ejemplo para mi familia y mi servidumbre.
— Querido
hermano, nacimos descalzos. La matrona que te trajo al mundo me dijo una vez
que tus pies de bebé eran deliciosos …
— Hablaremos
más tarde sobre el tema y te pido que al hacerlo no me eludas,
como es tu costumbre…
Los criados del hermano de
Brenda serán mucho más formales que los míos, pero nadie dirá nada acerca de
los pies pequeños, blancos y desnudos de la señorita que pisarán el linóleo y
las gruesas alfombras de Persia. Una de
las criadas ofrecerá lavarlos con agua tibia a fin de relajarla, luego de tan
extenso y prolongado viaje. Otro de los sirvientes, correrá a la casa de la
familia de Pablo para anunciar la llegada de la niña Brenda.
En marzo de 1898, Brenda llegará a la Ciudad de las
Descalzas, el imperio de Erick el Rojo, que en pocos años amenazara con
conquistar al continente por medio de rápidos robos a carruajes y a bancos en
diferentes capitales; curiosamente, estas acciones recibían el apoyo de algunos
gobiernos y el ladrón contaría con una red de espías en los centros de poder europeos. Su influencia y autoridad hicieron que las fuerzas vivas lo
bautizaran como “El Napoleón Redivivo y Oculto”.
En los primeros días, Brenda
permaneció casi aislada y su principal contacto fue Josefina
Maltisoto, una joven de la Cofradía, de ojos grandes, nariz pequeña y risa
fácil. Siempre sonriente, solía usar faldas negras largas hasta los muslos, “para poder hundir mis pies en el barro y
conocer con ellos a sus habitantes” — explicaba. Debía orientar a Brenda
acerca de la vida en la Orden, trasmitiéndole leyendas, costumbres y los primeros
rituales.
La primera semana, caminaron hasta los confines de la ciudad,
atravesaron un espeso bosque y llegaron a un campo donde habían removido los
terrones, esperando la siembra.
— Escucha la voz de la tierra — repetía Josefina
caminando detrás de Brenda — Escucha como agradece que la acaricies con tus
plantas desnudas.
Aquel día y en los que siguieron, la muchacha la hizo caminar
de diferentes formas; por momentos debía avanzar rápidamente y en otros mover
apenas sus pies, como si estuviera detenida. A veces le ordenaba dar una
zancada adelantando la pierna a la vez que llevaba su cabeza y el resto de su
cuerpo hacia atrás; en otras la obligaba a permanecer de pie más de una hora,
con la columna recta e inclinándose hacia adelante desde los tobillos.
No sólo debes escuchar la
voz de la tierra, sino que debes encontrar la estabilidad en el movimiento, la
perfección que en un momento va a desaparecer para seguir buscándose a sí
misma.
Brenda obedeció reproduciendo con pasión los ejercicios y la
primera noche terminó agotada. En los días siguientes, la pequeña Josefina le
indicaba los movimientos; su discípula creía reproducirlos a la perfección,
pero la joven Descalza negaba con la cabeza y reiteraba la misma frase: No hay avance.
Luego de la primera semana, Brenda se sintió desconcertada y
confusa, ya que no entendía bien lo que Josefina esperaba de ella.
Hay un sentimiento que
tarda en surgir — decía
su instructora — se trata de una forma de
ver y sentir las cosas. Es algo que debes descubrir por ti mismo; que no te lo puedo
enseñar.
En el sexto día de entrenamiento, Brenda se sintió más
relajada, un aro ardiente cruzó su pelvis por un momento y las piernas parecieron
moverse por sí mismas. Por primera vez Josefina asintió con la cabeza.
— Hoy has escuchado la voz de la tierra.
— ¿Y cómo lo sabes? ¿En qué te fijas para
saber que estuve bien?
— En la alegría de tus pies y la sombra brillante
de tu mirada. Tu cuerpo puede escuchar a la tierra y expresarla, aunque tus
oídos y tu mente no lo hagan. Mañana iniciaremos la danza.
Al otro día Josefina llegó con Lew, un adolescente gordo, de
cabellos largos, rubios casi rojizos, unidos en dos largas trenzas. Traía una
flauta y Josefina un pequeño tambor. Salieron temprano y llegaron a un
descampado a orillas del río que atravesaba la Ciudad de las Descalzas. Uno de sus embalses era el lago .
—¡Baila! — ordenó Josefina sentándose mientras Lew ensayaba en
la flauta una melodía complicada y ella la acompañaba con rítmicos golpes de
tambor.
Años atrás, la madre de Brenda, como parte de su educación,
había contratado para su hija un profesor de baile. La joven tenía habilidad en
el manejo de los pies, pero aquel día no le sirvió de nada. Cada cinco minutos,
Josefina interrumpía la música.
— ¡Esto no es una gavota o una mazurca!. ¡No
estás en las cortes europeas!. Abre los oídos de tus pies. Deja que ellos
escuchen la música y sabrán lo que deben hacer.
Siguieron hasta la noche y apenas se
detuvieron para comer algunas frutas que Lew bajó de un árbol. Brenda estaba
confusa, cansada; no encontraba forma de satisfacer a Josefina que seguía
exigiéndole la unión con la tierra.
— ¡Tu cuerpo debe expresar lo que existe
en las profundidades!. Aquí no estás para conseguir novio ni para seducir la
frivolidad de los ricos.
Cuando el sol caía sobre el bosque, Brenda se detuvo y se
sentó a llorar. Esta vez el llamado Llew se acercó a ella y la abrazó. Despedía
olor a humo dulce.
— Todo cuenta. También cuenta que llores.
Tus lágrimas se deslizarán por tus pies y regarán la tierra — dijo Josefina con
dureza — ahora debes seguir…
Aquella noche continuaron hasta mucho tiempo después que la
luna hubiera asomado. Cansada, jadeando,
Brenda supo que no había logrado la exigida unión con la tierra.
— Mesmer
describe casos en que la víctima de la sugestión habita una casa y su vida se
desarrolla en un mundo aparentemente sólido, rodeada de amigos o familiares
cercanos, hasta que un día todo desaparece y la realidad se disuelve como un
poco de humo.
— Entiendo
lo que dices, Terencia, pero en mi historia la Cofradía de Mujeres Descalzas
existe; es un hecho comprobado.
— Eso
no lo sé, Brenda ¿Es realmente un hecho comprobado? Hace dos siglos, en el sur
de Francia todos hablaban de los “Argenté”, una organización secreta a la que supuestamente
pertenecían muchos nobles. Se escribieron libros describiendo
sus rituales iniciáticos, historias de la organización y enumerando un grupo de
hombres célebres que pertenecían a la misma. , Finalmente se probó que nada de
eso era cierto. Fíjate que se le atribuía el liderazgo al duque de Orleans,
pero en el año 1820, su Alteza Serenísima publicó edictos que se difundieron en
las principales ciudades de Europa donde afirmaba que nunca había pertenecido a
una organización secreta y que los “Argenté” jamás habrían existido, aunque el
mundo hablara de ellos y describieran sus reuniones con todo detalle.
Terencia
beberá un sorbo de té, mirando a Brenda con expresión triunfal. El sol de la
media tarde dará de lleno en los vidrios de la sala de los cristales, llenando el
ambiente de una suave coloración rosada. Eustaquio, el enorme negro que la
observara desde la puerta, se habrá marchado a fin de poner en marcha la noria de
la que dependería el complicado sistema mecánico y eléctrico con el cual la
casa se proveía de agua. Al encontrarse sola con Brenda, Terencia se animará a
quietarse los zapatos. Pequeñas nubes violetas girarán alrededor de los
empeines..
—
Querida amiga: si yo deseara mantener un secreto total sobre algo, antes que
nada negaría su existencia, de tal modo que no quedaran dudas. Debes saber que
esta estrategia fue discutida muchas veces en el seno de la Cofradía, hasta que
triunfó la postura de mantener la convicción de la existencia de la orden, pero
de una forma en que nadie pudiera encontrarla.
Brenda hará sonar su
campanilla y aparecerá Eugenia. De acuerdo al reglamento de la casa, aplicable
para todas las criadas, una dorada y fina ajorca abrazará su tobillo derecho;
— Eugenia,
te pido que me alcances la caja amarilla donde guardo los recortes. Quiero que
veas algo que te interesará — dirá a Terencia, pero tendrá que repetir las
palabras, ya que su invitada estará distraída, pensando en los poderosos brazos
del negro Eustaquio, moviendo las gruesas palancas de la noria.
La criada obedecerá, trayendo
la caja pedida, y Brenda encontrará con rapidez tres recortes de periódico, antiguos
y amarillentos.
— Aquí
está. Puedes verlos.
El diario será de una ciudad
cercana y tendrá como fecha el año 1899. La nota llevará por título: “Una joven
se niega a usar zapatos” y mostrará una figura femenina con la falda levemente
recogida; la toma será muy nítida para la época.
— Eres
tú, Brenda
— Es
parte de lo que te he contado… Brenda tomará el periódico y leerá la nota.
— En
el día de hoy, 14 de febrero de 1899, y pese a las bajas temperaturas que se
registran, la Señorita Brenda Diermissen, quien ha llegado para visitar la
familia de su novio, declara pertenecer a la Cofradía de Mujeres Descalzas, una
conocida organización, centro de numerosos debates religiosos y cívicos. Lejos
de cuestionar la integridad moral de la señorita Diermissen, hacemos referencia
a esta extraña costumbre de caminar descalza por las calles y llamamos a las
autoridades a que limpien las mismas y permitir de ese modo que los delicados pies
de la dama no sufran ningún daño”.
— Brenda
entiendo que quieras demostrar que esa parte de tu historia fue real; no te
preocupes que la creo. No conozco aún a tu esposo, pero deduzco que has
terminado casándote con Pablo. Estoy segura en cambio, que no puedes demostrar lo
que me cuentas acerca de tu estadía junto al bandolero Erick el Rojo… y te
aclaro que no me importa que lo pruebes o no. Creo en tu palabra, querida
amiga, sólo que en los años que he pasado en la escuela de Mesmer me han
enseñado que no toda la realidad es como aparece, que buena parte de nuestras
percepciones provienen de la sugestión montada a nuestro alrededor.
— No
tienes que suponer nada, querida Terencia. Soy una mujer casada pero nunca te
dije que mi esposo fuera Pablo. Lo que sabemos ahora es que mi novio desapareció
la noche en que Brenda soñara con su asesinato. Con el viaje, pretendía averiguar
si esas imágenes fueron reales, además de brindar apoyo moral a la familia de
su novio. Lo cierto es que el hábito de andar descalza motivó una intensa reacción
de su hermano Atilio, quien la cubrió de consejos y largas recomendaciones, y
hasta llamó a un sacerdote amigo de la familia, que intervino a fin de
convencerla de las ventajas del uso del calzado. Al discutir con él, Brenda
llevó el debate al plano teológico y mencionó
las órdenes eclesiásticas que eligen andar descalzos como modo de vida;
pronunció una larga apología del pie desnudo, durante la cual citó en latín a
San Francisco y a Santa Teresa.. En tanto, llegó un mensajero enviado por la madre de Pablo; la dama aseguraba que
tendría mucho gusto en recibir a la joven el día siguiente, oportunidad en que
la invitaría a tomar el té. “Supongo que no irás descalza a esa visita social” —
dirá el hermano de Brenda, a lo que ella se mantendrá en silencio pero lo
mirará desafiante a los ojos,.
Con la llegada de Brenda, las mujeres de la Cofradía que
vivían en la casa, aumentaron a siete. La primera noche ordenaron a la muchacha
guisar carne de chivo, con papas y salsa
para la cena. Al cumplir el
mandato, la neófita no atinó con la selección y preparación de los ingredientes,
por lo que Josefina la ayudó indicándole uno por uno los pasos de la
preparación. Si bien ese espíritu de colaboración era permanente, en los días que
siguieron, Brenda descubrió que la vida en la Cofradía no era sencilla. Antes
que nada, debía afrontar tareas y responsabilidades que en la vida junto a su
madre, eran propias de las criadas.
Las calzadas vivían separadas de la casa central,
en casas levantadas junto a la orilla del río. Casadas con bandoleros,
no formaban parte del harem de Erick el Rojo, y además de gruesos zuecos en sus
pies, usaban mantos que cubrían cabezas y rostros. Tres veces al día, llegaban a la vivienda, cargando
en tinas el agua que las
cofrades consumían en tareas de limpieza, preparación de las comidas y la atención de
Erick cuando llegaba de las campañas. Explicaron a Brenda que esta actitud de
servicio se resumía en un cartel que en una de las paredes de la casa, rezaba El pie
calzado sirve al descalzo, sin que eso implicara un menoscabo para las
jóvenes que usaban zapatos y que, entre otras actividades, debían lavar noche a
noche las plantas de las cofrades.
Con ayuda de Josefina y las otras, la muchacha tuvo que
aprender los hábitos más elementales. Una de sus tareas permanentes fue la de
lavar la ropa y antes del amanecer, aún en plena noche y bajo el frío de fines
del otoño, debía levantarse y marchar al
río. La
vida descalza no era fácil, como
aseguraban diariamente sus compañeras, pero Brenda se consolaba pensando que aquellas
obligaciones serían siempre menos oprimentes que las exigencias de la vida de
casada.
Sus hermanas de la orden explicaban que, se tratara
de descalzas o calzadas, cualquier actividad debía ser ejecutada como un deber
religioso, entregándolo al universo, cuya forma final sería la de un enorme pie
desnudo. En el cielo estrellado que brillaba sobre la campiña, demostraban que
la forma de las estrellas reproducía los dedos, la planta, el empeine y el
talón.
Gran parte de las actividades se centraban
en la atención de Erick el Rojo al regreso de las campañas. Según los
comentarios, el ladrón gustaba de los recibimientos fastuosos, con guirnaldas y
coros y sería muy exigente en cuanto a los detalles de la ropa, la temperatura
del baño y la disposición amatoria de las damas de su harén.
Con el paso de los días, Brenda advirtió que el caminar descalza,
más que un hábito placentero y saludable, era la justificación de toda la vida
de las jóvenes. Honraban a Erick como el marido común y el benefactor de la
orden, aunque la competencia o los celos eran mínimos.
Las casas y el enorme terreno habían pertenecido a una rica
anciana húngara, quien la donó a Erick el Rojo y a su banda con
la condición que protegiera a la
Cofradía. En el sótano de la vivienda central había una enorme biblioteca
repleta de libros clásicos y el bandolero la engrosó con volúmenes considerados
prohibidos por las autoridades de los principales países de Europa. Las miembros
de la Orden leían durante largas horas y eran frecuentes entre ellas las
discusiones teóricas, muchas de las cuales se centraban en problemas políticos:
si convenía un modelo marxista, anarquista
o capitalista para aplicar a la Comunidad Descalza, o cuál sería la mejor forma
de combatir a los gobiernos unidos en una nueva Santa Alianza contra el imperio
del bandolero.
Brenda prefería la literatura erótica. Si bien en su casa la
habían prohibido, sus primos de Berlín solían traer opúsculos y folletos con
turbadores imágenes de desnudos que circulaban en una cerrada clandestinidad. En
la biblioteca que Erick el Rojo adquiriera para la Cofradía, las obras de
erotismo eran numerosas y variadas: desde las narraciones completas del Marqués
de Sade, hasta las principales novelas de Samuel Richardson. Contaba además con
una valiosa colección de trabajos antiguos vinculados al erotismo de los pies
femeninos. Brenda eligió una gruesa novela del siglo XVIII, escrita por
Mme. La Chinard; se titulaba: Las
desventuras de la joven Angalard, cuyos pies desnudos frecuentaban los burdeles
de París. Con un estilo moderno y atrevido, la obra describía a una hermosa
muchacha llamada Renée, quien por una
malformación en su nacimiento, tenía el clítoris en las plantas, y eso la
llevaba a sentir un especial placer en andar descalza; a los quince años se vio
obligada a entregarse a la prostitución, lo que la hizo famosa entre los
fetichistas de la burguesía francesa.
Las primeras noches en la Ciudad de las Descalzas, Brenda pensó
mucho en su madre. Quizá ya le hubieran informado acerca de su desaparición y de
su huida al refugio de Erick el Rojo. Imaginaba a doña Asunta, recibiendo la
noticia con los ojos fijos en el linóleo de la sala. Se sentaría en el sillón
rojo e inmóvil, con aspecto pensativo y las pupilas acuosas, miraría el parque durante
un largo rato a través de la ventana. Luego ordenaría a la servidumbre que sacrifique
un pavo y lo cocinen para ella con puré
de manzanas. Había hecho lo mismo ante la muerte de su esposo o cuando el
hermano de Brenda fue herido en un duelo. Al ser indagada sobre el por qué de
su preferencia, afirmaba que la carne de esa ave era el mejor consuelo ante
las noticias nefastas.
En aquellos primeros días, Brenda también supo que los
hombres del campamento se dividían en
dos clases: los llamados Druidas y los otros, reclutados entre el campesinado y
la baja burguesía. Los Druidas vivían aislados, desarrollando sus propios ritos
en los tupidos bosques de las inmediaciones. Si bien participaban de las
campañas con Erick el Rojo, no se unían
al resto de los bandoleros; más que las costumbres, los diferenciaba una
indiferencia altiva hacia los demás que muchas veces generaba rechazo.
En cuanto al resto, el
jefe de los bandoleros los reclutaba entre aquellos que tuvieran alguna
formación, o al menos inquietudes de aprendizaje y los Druidas eran los
encargados de completar su educación. En los momentos en que no se encontraban
en campaña, se reunían en un anfiteatro natural ubicado más allá del bosque del
sur. Allí, Erick pronunciaba una reflexión basada en la cita de un autor
clásico, griego o latino. Cuentan que a partir de
mediados de la década de 1880, un bandolero inglés que revistiera como soldado
en la ocupación de la India, trajo
técnicas de meditación propias de esa cultura, y Erick las acogió con
entusiasmo, enseñándolas a sus hombres.
Sólo los dos lugartenientes del jefe de los bandidos, tenían como esposas a un
par de mujeres de la Cofradía que antes del casamiento, habían sido amantes de
Erick; Steiner sugiere que con ello, el bandolero ejercería un sutil y moderno derecho de pernada; a partir de los sendos
matrimonios celebrados por el jefe de los bandidos y por un druida, estos
vínculos fueron escrupulosamente respetados. El resto eran amantes del líder,
quien había prometido realizar un matrimonio múltiple cuando las
circunstancias cósmicas lo permitieran.
El flautista llamado Llew, que siempre acompañaba a Brenda y
Josefina en sus ensayos de baile, pertenecía a los Druidas. A pesar de su orgullo excesivo, y de sus
costumbres que pudieran resultar extravagantes, el resto procuraba no burlarse
de ellos, ya que eran conocidos por su crueldad y se rumoreaba que alguna vez
habrían practicado sacrificios humanos. Al amanecer marchaban a los bosques y
Brenda, que regresaba con las prendas húmedas de la colada, veía alejarse las cabelleras rubias, casi rojas,
tono obtenido por medio de una mezcla de
cal y hierbas..
— Además de mi madre extraño a Magdalena —
confesaría Brenda a Josefina luego de la primera semana
— ¿Quién es Magdalena?
— El nombre completo es Magdalena Isúz y
es la dueña de la posada La Dama Descalza.
— Ella está por venir vivir en la Ciudad
de las Descalzas. Será la octava miembro de nuestro grupo, y al parecer ya lo
habló con Erick. Su llegada ha sido un secreto, pero aquí conocemos todo lo que
pretende permanecer oculto…
El misterioso sueño de Brenda en que su
amiga comentara el plan de ir a vivir a la Ciudad de las Descalzas, resultaba
profético y la noticia permitió a la muchacha soportar mejor las pequeñas dificultades de la nueva
vida; diariamente indagaba a Josefina acerca de la llegada de la posadera y
escribió Magdalena en la
corteza de un roble a la que pegó con resina en la parte interior de su falda.
El aprendizaje de las danzas avanzaba muy lentamente a pesar que
Josefina la obligaba a ensayar cerca de diez horas a día. Cuando se cumplió la
tercer semana de Brenda en la Ciudad de las Descalzas, la joven maestra le comunicó
que asistiría a uno de los rituales en que las mujeres celebraban la luna
creciente. Allí danzarían y su alumna debía ver a las otras a fin de mejorar.
El rito se cumplió en el tercer día de luna llena en
julio de 1898, y según Steiner, los perdidos Anales Descalzos, describen en todo detalle la ceremonia. El
biógrafo de Erick el Rojo, indica que habían
utilizado veinte páginas para enumerar los detalles de la celebración, tanto en
su aspecto externo como interno, es decir en los actos que debían realizar los
oficiantes, muchos de ellos bailarines, y las impresiones subjetivas de Brenda.
La danza empezó a
las nueve de la noche, aunque ya desde antes, Lew y otros tres druidas hacían
sonar con música complicada y armónica ejecutada con flautas, gaitas y
bodhranes. Vestidas con amplias faldas de
algodón crudo, sin corsé ni ropa interior, las mujeres giraban formando grupos,
uniéndose y separándose. Luego, cada una de ellas improvisaba en base a la
música que alternaba ritmos vertiginosos con otros muy lentos; competían en
mostrar nuevos pasos que se complicaban gradualmente hasta convertirse en
extáticos y circulares bailes de movimientos hipnóticos. El resultado era que
las bailarinas caían casi desmayadas y eran retiradas de la pista por sus
compañeras.
— Brenda, debes ponerte de pie— dijo de pronto Josefina .
La muchacha obedeció y su amiga la empujó al centro de la pista de baile. Las otras,
al advertirlo, se apartaron y la dejaron sola. La primera reacción de la joven,
fue regresar a su rincón, pero sintió que desde la tierra se elevaba un calor
agradable, que atravesaba sus plantas y subía por las piernas. Por momentos se
alejaba y regresaba al suelo, donde desaparecía para volver a surgir.
Lo
único que hice fue perseguir ese calor, y lo llamo así porque no encuentro otro
término. Era el punto de cobijo, el sentimiento, de haber vuelto a casa a pesar
de estar en un lugar desconocido y que pesara sobre mí la incertidumbre del
futuro. — Dirá Brenda luego
de varios años al narrar lo ocurrido Y fue en la búsqueda de esa sensación que, casi sin advertirlo, se encontró saltando, aporreando la tierra, gritando de
alegría cuando las ondas templadas se encontraban con sus pies, como un diálogo
de palabras oscuras con el húmedo suelo.
De pronto todo desapareció y glosando a
Steiner, quien a su vez vuelve a referirse a los Anales, se trataría de la primera incursión de Brenda
en el llamado Mundo Intermedio, de la
que luego la muchacha sería una experta. El sonido de la orquesta desapareció
de pronto, lo mismo que las llamas y las bailarinas. En la lejanía escuchó el
ruido de la metralla y las explosiones de las bombas, y supo que una línea lechosa trazada en el cielo
significaba que aquel paisaje estaba bajo la admonición de algo terrible, que
no llegaba a discernir.
Debes
matar a los espíritus que llegan de la sombra — dijo una voz. Brenda no respondió, pero la orden
se repitió tres veces; luego, alguien dejó caer cerca de ella un
estilete con un par de pies desnudos grabados en la empuñadura. La joven
recordó que esa misma arma u otra similar era la que había clavado en el
corazón de su novio. Ahora tomó la daga y la arrojó frente a sí, en la
dirección donde llegaba la voz. No puedo matar a nadie. No debo matar nada
que haya llegado a la vida, repuso.
El ruido de la metralla aumentó en la
lejanía. Brenda sintió que alguien muy querido había muerto o estaba en serio
peligro, pero no podía saber de quién se trataba. En el cielo, las estrellas se
alinearon, formando un colosal pie desnudo.
Con
este mismo estilete has matado una vez ,
y lo volverás a hacer. La carne de tus enemigos cae en pedazos y es recorrida
por gusanos. ¿Cómo puedes asegurarte que viven? Cuando te hablo de terminar con
ellos, sólo te pido que ayudes a la muerte a completar su tarea.
Brenda no vaciló en contestar.
— Sé
que ellos viven. Lo sé porque tienen pies…
En ese momento regresó a la hoguera y al
ritual de la Cofradía. El viento refrescaba su piel traspirada, las llamas se
levantaban al cielo de la noche, y sus hermanas aplaudían el baile que acababa
de realizar.
— Un sueño dentro de otro sueño; me mareas, Brenda. Insisto, en que ninguna de las experiencias que describes es real — para la cena, Terencia vestirá un traje negro, con la falda hasta los tobillos y tan estrecha que le resultará difícil caminar. —Todo suena feliz, aunque es evidente que se trata de un sortilegio; el mundo que describes no tiene apoyo en ninguna realidad y me lo demuestra tu historia simultánea: luego de un año volviste a tu punto de partida, lo que significa que esa aparente realidad creada por la sugestión, ha estallado.
.
— Querida
Terencia, si tú misma me has contado de cierta gente que vivió toda una vida en
su fantasía, ¿qué diferencia hay entre ellos y los que sobrevivimos en este mundo
al que llamamos “real”?. En un medio y en el otro, los sufrimientos, los gozos
y sobretodo ese transcurrir de los días que a veces se sumergen en un
indefinido fastidio, tan propio de nuestra época y al que algunos pensadores
han empezado a llamar “angustia”, son idénticos en ambos casos..
— En
el mundo que llamas real puedes tener
hijos y en el otro no.
— Si
sueñas o crees que tienes hijos y los mismos nacen y viven rozagantes, es que pueblan
uno de los tantos mundos que nos rodean y también gozan del derecho a la
existencia.
— Está
bien, pero creo que como oyente de tu narración tengo el derecho de saber cuál
es el mundo imaginario y cuál el real.
— No
entendiste Terencia. Intento decirte que no hay diferencia entre uno y otro. Se
sale de un mundo, se entra a otro, se cambia de universo, en un ciclo que puede durar hasta la muerte, la que a su vez implica una nueva existencia.
— Estoy
intrigada acerca de cómo te las ingeniaste, o como se las ingenió Brenda para presentarse
descalza cuando tuvo que visitar a la familia de Pablo.
— Los
pies desnudos de Brenda motivaron un altercado con su hermano que duró más de
una hora. Educados en tratarse amablemente, ambos levantaron las voces y la
discusión llegó a las habitaciones más alejadas de los sirvientes. Ella insistió
en que iría descalza a visitar a la familia de Pablo; Atilio le reprochaba que esa conducta lo desprestigiaría en la pequeña ciudad donde todos se conocían y él tenía mucha reputación,
hasta el punto que ya se lo consideraba candidato para la alcaldía. El
reportaje que acabo de mostrarte fue una muestra del interés que despertaron entre los pobladores
los pies de Brenda, de modo que los criados, testigos de la disputa fraternal, corrieron la voz de que la niña saldría a la
calle con sus pies desnudos. Al saberlo, todo el mundo se asomó a las puertas para ver aquellas
plantas femeninas pisando las vías pedregosas. Fue tanto el interés, que
cerca de la hora en que Brenda debía subir al carruaje que la llevaría a la
mansión de su futura suegra, los miembros de una multitud silenciosa formada
por burgueses trabajadores, sirvientes y
hombres y mujeres de todas las clases
sociales, pugnaban por estar en primera fila para observar a la muchacha
descender del carruaje.. El cochero, que no era otro que la joroba de Cristino,
y que había dormido aquella noche en la casa de los sirvientes, descendió del
pescante para abrir la puerta. La muchacha llevaba un vestido
largo con volados y pasamanerías y una sombrilla. Al salir de la casa, adelantó
sus pies blancos y brillantes bajo el sol de la media tarde y muchos de los presentes
lanzaron una exclamación de asombro. Los sirvientes de la familia de Pablo,
recibieron dinero de los curiosos por la promesa de narrar la entrevista entre Brenda y la madre de su novio; en especial las
reacciones de la dama al verla sin calzado. Eufrasio colocó un banco junto a la
puerta del carruaje para que Brenda apoye los pies; la multitud había crecido y
bramaba peligrosamente, por lo que debieron acercarse los gendarmes. Todos
siguieron a la diligencia, y al llegar a la mansión de la familia de Pablo, la
policía volvió a intervenir para que la joven pudiera descender. Una vez
dentro, los criados la condujeron a la sala, donde la invitaron a sentarse, mientras
aguardaba a la anfitriona. En tanto, las tiendas y las fábricas habían cerrado,
ante la incontenible exigencia de la gente por ver los pies de la muchacha y ni
siquiera la intervención directa del comisario, a quien respetaban, pudo
disuadirlos de dejar el lugar. Los reporteros de los principales
periódicos recogieron las versiones de
la gente; la mayoría opinaba que ante los excesivos impuestos y las férreas medidas policiales votados por
el parlamento, las plantas desnudas de Brenda
simbolizaban la libertad. Los “Anales Descalzos” cuentan este
incidente. Steiner, cita el manuscrito perdido. “Los
pies de Brenda Diermissen ya ejercían una atracción irresistible y aquella
tarde en una pequeña ciudad de Europa, se produjo una de las tantas
“Revoluciones Descalzas”. Todas ellas silenciosas y apuntando al hecho amable, aparentemente
inofensivo, pero de un poder incalculable, que consiste en pisar la tierra con los pies desnudos”.
Brenda
se interrumpirá con una sonrisa, y hará sonar la campanilla, mientras el sol al
girar lentamente hacia el cenit, arrancará nuevos destellos de los cristales
que recubrirán la sala, .
— ¿No
me contarás lo que ocurrió?
— Querida
Terencia, mi té se ha enfriado. Te lo contaré pero deberás tener paciencia.
La primera danza oficial de Brenda, se
efectuó a los diez días de su intensa práctica. La noche en que logró su Entrega a la Tierra, como la llamaba Josefina, fue el equivalente de un bautismo y lo celebraron vistiéndola con una
túnica, coronándola con laureles y entregándole un cetro.
La muchacha contó a su joven mentora la
ensoñación que tuviera durante la danza, y le pidió explicaciones.
— La vida descalza brinda muchas
sorpresas — fue la respuesta— hay imágenes que forman parte de una búsqueda o
de una profecía y no pueden ser explicadas. Quizá cuando llegue el momento,
puedas entenderlas.
Los días que siguieron, Josefina le
indicó que a partir de entonces debería practicar sola varias horas al día, para
encontrar su propio camino. Los pies de Brenda, siempre desnudos, habituados ya
a las hojas de pino y a las súbitas picaduras de los abrojos, se concentraron
en celebrar esa relación con la tierra.
En los amaneceres, cuando terminaba de
lavar la ropa en las aguas del río, la muchacha contemplaba durante un largo
rato la casa azul en la isla del centro, suponiendo que era la misma que la de
su sueño y que allí se encontraba la supuesta figura que manejaba a los
habitantes con hilos invisibles. Desde
la costa, la vivienda era igual a la del sueño, pero en las mañanas, cuando el
sol daba de lleno sobre los muros, los mostraba gastados, cubiertos de una espesa vegetación que llegaba al techo.
Una de las habitaciones del sector sur estaba derrumbada. Brenda preguntó a Josefina
sobre la casa y la isla y la joven confirmó que se encontraba vacía desde su
llegada a la Ciudad de las Descalzas, dos años atrás.
Una tarde en que Llew, el celta tocaba su
flauta, Brenda le pidió que la lleve a la isla en un bote, antiguo pero fuerte,
que usaban para cruzar el río. El muchacho asintió y llegaron rápidamente a la vivienda.
El joven explicó que en el campamento la usaban como depósito de cajas en las
que se guardaban carne salada, verduras en vinagre y frascos de conserva.
Brenda caminó con cuidado, tratando de evitar
las piedras en punta y las astillas que cubrían el piso. La casa tenía un gran
ventanal que daba al sur del lago, el cual se había quebrado y la grieta
simulaba la figura de un pájaro. La
construcción era más grande que la del sueño y disponía de dos plantas unidas
por una breve escalera. Aún podían apreciarse antiguos frisos de niños jugando
con aros y otros con extraños signos; en la parte trasera, una escalera descendía a un
sótano excavado en el suelo rocoso de la isla.
— ¿Hacia dónde conduce? — preguntó Brenda
— A los túneles que atraviesan la Ciudad
de las Descalzas. Este sitio estuvo abandonado durante mucho tiempo y aquí
funcionaba uno de los antiguos centros de los druidas. Las cuevas permiten
escapar en caso de un asedio y las usan las mujeres de la cofradía cuando
quieren perder la virginidad de sus pies.
Brenda había escuchado esta expresión,
pero no sabía exactamente a qué se refería. No se animó a tocar el tema con el
joven.
— Llew,
tú debes saber si en esta casa ha vivido alguien capaz de controlar a todas las
mujeres de la cofradía. Una persona que manejaba hilos invisibles, como si
fuera un titiritero.
— No que yo sepa — el celta respondió sin
mirar a Brenda mientras limpiaba su flauta. Era servicial y atento, pero parco
en sus expresiones.
Regresaron en el bote y la joven se
sintió más intrigada que antes. Sabía que aquel ojo omnipresente era una
realidad, pero no tenía idea de donde encontrarlo.
A las dos semanas de permanecer en la
Ciudad de las Descalzas, los pies de Brenda brillaron. La primera en observarlo
fue Josefina, una noche en la que ambas habían llegado a la orilla del río y se
habían sentado hundiendo sus plantas en el agua.
´—¿Notaste las luces que surgen de tus
pies?
El cuarto menguante iluminaba el lugar
con una pálida luz plateada y en los empeines de Brenda, cerca de la unión con
la pierna, refulgía un intenso punto azul. Desde allí se extendía hasta los
flancos, la planta, los dedos, tiñendo todo con una luminosidad que parecía
llegar de la piel y los huesos.
— Es cierto ¿Qué puede significar eso?
— Tus pies son vírgenes, y no deberían
brillar. En una mujer normal, refulgen tres veces: cuando recién han perdido la
virginidad, al realizar la danza sagrada en el corredor de la noche y cuando
resucita a una persona.
— ¿Resucitar a alguien con los pies?
— Estamos hablando de mujeres con un
desarrollo espiritual profundo, como Sissi
— ¿Te refieres a la emperatriz?
— Es un secreto conocido por todos que es una de
las amantes de Erick el Rojo. Se comenta que hace un año quedó embarazada de
él, pero perdió el niño.
— La admiro — dijo
Brenda con un suspiro — Pagaría por verla en persona, por hablar un instante
con ella . Y me dices que sus pies brillan.
— Es la Maestra de la Cofradía de mujeres
Descalzas de Hungría, pero debe usar zapatos. Si no lo hiciera, sus pies
enceguecerían a los profanos . Cuando una mujer llega a un grado elevado de
desarrollo interior, las plantas solo pueden ser vistas por quien tiene el
mismo nivel. Si los observas sin estar preparada, pueden dañar tu salud.
— ¿Piensas que el brillo de mis pies puede
dañar a alguien?
— Por el momento no, pero te repito que estos
destellos son extraños.
La luna se ocultó detrás de una nube; la
luminosidad azul en las plantas de Brenda, se transformó en blanca, luego roja
y finalmente brilló en una intermitente danza de destellos. El resplandor
continuó durante el camino de regreso y en la mañana, advirtió que la luz se
había transformado en una suave tonalidad celeste.
Disimulando
su ansiedad, Terencia escuchará con una sonrisa cordial los avatares de su
amiga en la Ciudad de las Descalzas. No se animará a confesar que su verdadero
interés radicaría en lo ocurrido en aquella ciudad ignota de la Europa Central
donde Pablo, el novio de su amiga había desaparecido y ella se empeñaría en
presentarse descalza ante su futura suegra.
En
una nueva interrupción de la historia, la anfitriona pedirá más té y mirará a
su amiga y huésped con una sonrisa divertida. Se acercará la hora del almuerzo,
pero desde la cocina de la mansión seguirán los agasajos culinarios a Terencia,
organizados por el negro Eustaquio. Eugenia, la criada, se presentará con una
bandeja llena de pasteles de masa delgada y rellenos con una espesa y exquisita
crema amarilla, aclarando que también eran un envío del criado, quien luego de
reparar la noria del primer sótano, habría regresado presuroso a fin de cocinar para la niña . Con su
paladar anhelando azúcar, Terencia se
esforzará otra vez en seguir el
protocolo y no devorar desordenadamente las golosinas. Pensará que la
servidumbre demuestra su afecto a través de la comida, ya que entre las clases
bajas, el principal fantasma a conjurar es el hambre.
— Como te
dije, querida Terencia, las calles
cercanas a la mansión se habían llenado de hombres y mujeres, pero Brenda sólo llegaba a ver las siluetas de algunos
curiosos a través de los vidrios; quizá le resultara extraño que a uno de ellos
lo sostuvieran de los pies y a través de la ventana apareciera su cabeza
colgando hacia abajo, tal era el afán de presenciar algo de la escena. Finalmente
los criados abrieron solemnemente la puerta y uno de ellos anunció la llegada
de la señora. Surgió entonces la madre de Pablo: peinado rizado, rostro redondo
con mucho maquillaje, ojos de un azul muy claro , un vestido imponente de color negro con
toques blancos en su pechera, y una falda larga hasta los pies.
“¡Hija
querida!” — Exclamó al ver a Brenda — “¡Cuánto te he extrañado!”
Al
levantar la falda para acercarse a la muchacha, la dama exhibió sus pies
pequeños, desnudos y blancos y en el
momento del abrazo, las plantas de ambas permanecieron unidas durante un rato,
mientras afuera, los que observaban a través de la ventana, informaron a la
multitud que ambas mujeres estaban descalzas. Al recibir la noticia, se escuchó
un fuerte aplauso entre los curiosos.
— Yo
también soy admiradora de Sissi — dijo la dama — y prometí que nunca más
volvería a calzarme en honor a ella.
Ignorantes
de que cada palabra que pronunciaran en aquella sala era trasmitida por los
criados a la multitud, que llenaba los
alrededores de la casa y las calles aledañas, ambas mujeres conversaron tomadas
de las manos mientras el suave y blanco resplandor de los pies de la joven, aumentaba con el paso de los minutos.
Durante el primer mes de la llegada de
Brenda a la Ciudad de las Descalzas, Erick el Rojo llegó tres veces. Sus
visitas se producían por la noche, debido a la presencia del ejército en las inmediaciones
del campamento y en todos los casos eran muy breves. Por una complicada
circunstancia diplomática, el gobierno no podía avanzar sobre la ciudad, pero
en caso de encontrar al bandolero fuera de la misma, cumplirían la orden de
captura que estaba vigente desde hacía años.
La primera de las noches en que llegó a la Ciudad de las Descalzas, Erick no se dejó ver por nadie; cuidando la clandestinidad, ordenó evitar cualquier recibimiento público y reclamó
a su lado a Vesela, una mujer que, junto con otra de nombre Anabella, eran las más antiguas de la Cofradía y a las
que el bandolero prefería como amantes.
Para el baño ritual , usaron una tina en la que habían pintado el
símbolo de la Cofradía: una vesica piscis,
formada por la unión de dos círculos que formaban la esquemática figura de un
pez; en la intersección de ambas
circunferencias habían dibujado un par de pies desnudos de mujer.
Todas se dispusieron a preparar a Vesela para el encuentro y encargaron
a Brenda el peinado. La joven desenredó con cuidado los cabellos de su cofrade,
utilizando un peine de marfil. Anabella, considerada especialista en rituales, dirigió la danza previa
al encuentro amoroso. En el prado que se extendía frente a la casa, organizó una
coreografía improvisada; la elegida debía quedar inmóvil y recibir la
influencia del baile. Las jóvenes marchaban hacia ella con movimientos lentos,
cuidando que su huellas quedaran grabadas en el suelo arenoso. El objetivo era dirigir todos lo pasos hacia Vessella,
para que aquella noche la suerte la acompañe en el encuentro amoroso. Al
terminar, la joven marchó a la cabaña de Benita Garmendia, quien a través de
complicados masajes en sus pies, la prepararía para brindar al bandolero intensas horas de placer.
Llegaron
para escoltarla a la cabaña de Erick el Rojo dos hombres de confianza del
bandolero y en el momento de marcharse, la propia Anabella se apartó del resto
de las bailarinas y ensayó pasos armónicos y movimientos de manos en dirección
a la figura de Vesella que se alejaba; de pronto, fantasmales huellas de pies
desnudos y brillantes, se plasmaron sobre la tierra, llegando hasta la
elegida y confundiéndose con sus propios
pasos.
El resto de la noche, las mujeres
descalzas danzaron abrazadas, yendo al bosque cercano donde un par de druidas se movían rítmicamente alrededor de un roble para convocar las deidades del erotismo.
En la madrugada, luego de haber pasado la noche con Erick, Vessella llegó sonriendo, con el rostro rojo, y los demás la
recibieron con ovaciones, colocando en su cabeza coronas de laureles y hojas de
salvia.
Antes de la aurora, el jefe de los bandoleros se había
marchado apresuradamente, acompañado de cinco de sus hombres de confianza. Antes de la partida, anunció que en
su siguiente llegada pasaría la noche con Anabella. En los días que siguieron, Brenda
advirtió que la joven era cada vez más indiferente y agresiva con ella. Una noche
en que debía danzar frente al resto, Brenda se detuvo en medio de una figura y
cayó con un grito de dolor. De su planta derecha extrajeron un fruto con púas
de varios centímetros . Restañaron la sangre y limpiaron la herida,
pero aquello produjo gran conmoción; a pesar de que todas estaban acostumbradas
a andar descalzas por diferentes tipos de suelos, una de
las consignas era que, cuando danzaran,
el terreno estuviera lo suficientemente limpio como para evitar esa clase de accidentes
. Mientras curaban los pies de Brenda,
se llamó a una reunión y se informó que todas las mujeres
debían someterse a un viejo ritual celta: la adivinación por medio de tres
árboles. Debían ubicarse en círculo y en
el centro, junto a una fogata, un sacerdote druida echaría
trozos de corteza a las llamas. La décima de las costras estaba diseñada en
forma de flecha, para señalar a la responsable del hecho.
— Puede haberse tratado de un descuido de
la propia Brenda — anunció Josefina antes de iniciar el ritual — Cada una de
nosotras es responsable de la limpieza del terreno.
Un anciano celta, vestido con una túnica
y el rostro cubierto por una cogolla azul, llegó con las cortezas y las hizo
girar una y otra vez en torno al fuego. Arrojó la primera, repitió la operación
y cuando lo hizo con la segunda, Anabella
se incorporó.
— Yo fui la responsable — confesó — Ella
debe saber que la vida de una mujer descalza es difícil y necesita empezar desde
ahora con el sufrimiento. Además, es de esperarse que cuando Erick vuelva la convierta
en su mujer.
— Anabella, cometiste un hecho prohibido —
dijo Vessella. Sabes cuál es tu castigo…
Brenda se puso de pie ; un druida había
colocado un emplasto de hierbas y una venda en su planta derecha por lo que
caminó con dificultad hacia Vessella para interrumpirla con un gesto.
— Todos dan por sentado desde que llegué
que voy a ser una de las mujeres de Erick el Rojo. Sepan que no es eso lo que quiero. Reconozco que antes
de llegar aquí fantaseaba con ser amante del bandolero más famoso, pero ahora no
estoy segura que ése sea mi deseo. Cuando vivía en la ciudad, siempre me
declaré partidaria del feminismo, por lo que una de mis convicciones es que no
debemos entregarnos a un hombre sin reflexionar largamente, sin tener la opción
y el derecho de elegir. Erick el Rojo puede ser el mejor amante del mundo, pero
quizá no lo sea para mí. Si todas nos empeñamos en conseguir su atención,
florecerán la envida, los celos y pelearemos entre nosotras. No quiero que
castiguen por esto a Vessella. Si ayuda en algo, retiro cualquier cargo que
pueda pesar sobre ella.
Las demás guardaron silencio. Según
Steiner, el breve discurso de Brenda sería recogido por los Anales Descalzos, los que añaden que esa
noche los vírgenes pies de la muchacha habrían despedido un fuerte resplandor
violeta.
Al
ver descalza a la madre de su novio, Brenda recordó que el nombre de la mujer era
Dorika Harsányi y que tanto ella como su familia, habían lllegado de Hungría. . En un
lugar destacado de la sala, colgaba el
enorme cuadro de Sissi
Mientras
hablaban, Brenda adelantó sus pies que brillaron con una coloración negra,
luego blanca y finalmente roja. Con estos cambios, mostraba la señora Dorika el
grado que detentaba en la Cofradía, que era el de Maestra Descalza. Al
advertirlo, la mujer la miró con asombro.
— Hija, la enorme alegría que me produce tu visita, está nublada por la desaparición de mi querido
Pablo. El jefe de los gendarmes insiste en que se ha marchado, para iniciar
otra vida en una ciudad lejana. Ha enviado tres de sus hombres para que lo
busquen en Inglaterra y Francia, pero sin resultados. En cuanto a esta ciudad, no
ha quedado edificio sin revisar. Te agradezco que hayas venido; tenía necesidad
de verte y mi gozo se multiplica al saber que perteneces a la Cofradía con el
grado de Maestra… déjame besar tus pies.
Asombrados,
los curiosos agolpados en la ventana vieron como la dueña de casa se postraba,
tomaba las plantas brillantes de la señorita y las besaba con devoción. Un fuerte
clamor se levantó en la multitud. Brenda en tanto, miró a Dorika y la obligó a
levantar su rostro; en los ojos de la mujer brillaba una expresión de
adoración. Estuvo a punto de contar a la dama el sueño en que clavara en el
corazón de Pablo el estilete con los pies desnudos en la empuñadura, pero se
mordió los labios y calló.
— Sé
que con tu llegada todo se solucionará — dirá Dorika con tono esperanzado — Esa
noche él salió a esperarte, aunque no llegaran diligencias; a pesar de la
lluvia en la estación solitaria. No importa donde se encuentre; sabrá que has
vuelto a la ciudad y tu presencia lo hará regresar.
Brenda
se inclinó sobre la mujer, la tomó de la mano y la hizo incorporar.
— Descuide,
Dorika. Haremos lo posible por encontrarlo..
Las mujeres de la Cofradía se asombraron
ante la reacción de Brenda, ya que en toda Europa, las jóvenes damas de la
burguesía soñaban con encontrarse en el lecho de Erick el rojo; aún cuando desde
los púlpitos los sacerdotes denunciaran y condenaran la
tendencia del bandolero a la poligamia; aún cuando lo consideraran una
encarnación del diablo. Era vox pópuli
que muchos ciudadanos solicitaban a sus jóvenes esposas una renovación de votos,
temerosos de la seducción del bandido, cuyo influjo llegaba hasta los sagrados
himeneos. Al enterarse de los asaltos, del valor del bandolero y de la
impunidad de la que gozaba, las mujeres del
continente, protegidas por la intimidad de sus baños o de sus lechos, soñaban
con abrazos y caricias que no eran precisamente las de sus maridos.
Lo ocurrido aquella noche en que
Brenda, parada sobre el brillo de sus desnudos pies, diera a entender que
podría negarse a un requerimiento de Erick, motivó una ola de asombro. Muchas
se opusieron a la afirmación de la muchacha y otras quedaron pensativas. En
cuanto a Vessella, pidió disculpas a su cofrade y como gesto de reconciliación,
lavó con mucho cuidado sus pies y al terminar los besó devotamente.
La misma noche de aquella declaración, Josefina
habló con Brenda. Ambas jóvenes caminaron hasta el recodo del río, donde el
bosque era más espeso; el paraje que las Descalzas elegían para deliberar.
— ¿Estás segura de lo que dices? Ninguna
de nosotras ha rechazado nunca a Erick el Rojo.
— Esta es la primera vez. Como dice Sissi,
la emperatriz: las relaciones entre hombres
y mujeres deben ser libres. Reconozco que nuestro jefe es un hombre apuesto
y no tengo escrúpulos morales para aceptar la poligamia y compartirlo con
ustedes. Lo único que afirmo es que toda mujer tiene el derecho de ser cortejada y
conquistada o de negarse a ello. El hombre que la requiera puede compartirla
con otras, pero tiene la obligación de hacerla sentir única. En el momento de su
unión, él y ella deben convertirse en la única pareja existente en el mundo. Me
disgusta que Erick el Rojo exija tener sexo con una o con otra, cono si se
tratara de un corral de ovejas o de vacas. Los propios campesinos saben
cortejar, entonces debemos exigirle eso a quien se presenta como el dueño de
nuestras vidas. Piensa, Josefina que no puede haber frivolidad o ligereza en
nuestras entregas; pertenecer al harem de Erick, nos cerrará la entrada al
resto de la sociedad y seremos consideradas menos que las prostitutas.
Josefina tardó unos minutos en
reflexionar sobre las palabras de la joven.
—En muchas guerras, para sobrevivir,
hermanas nuestras practicaron la prostitución — confesó finalmente — y luego volvieron a sus
actividades normales, se casaron y tuvieron hijos, sin que ese hecho las
torturara. quienes estamos aquí en la Cofradía no participamos de la moral
convencional. Entiendo que tienes razón, Brenda me has
hecho ver que condescendimos mucho en nuestra relación con Erick. Dejamos que
él nos requiera como si se tratara de un rey oriental…
En los días que siguieron se inició un
intenso debate entre las mujeres descalzas. Anabella y Venessa alegaban que la
presencia de Erick el Rojo en el lugar era lo que garantizaba la permanencia de
la Cofradía que siempre se había opuesto al amor
romántico. Citaban los Anales descalzos
y toda la tradición oral en los que se establecían diversas formas de
matrimonio: el más aconsejado era el acordado entre dos seres antes de su
nacimiento, por una lectura de la planta de los pies de la embarazada. Allí se
encontraría el futuro de los niños y de la conveniencia cósmica de que ambos se
unieran. Luego los Anales establecían
unos diez tipos de matrimonios, según las formas y las estructuras de los pies
de los contrayentes, en especial de la mujer. También se aceptaban uniones
entre personas del mismo sexo o entre un humano y un animal, una planta o un
objeto. Según se afirmaba en un pasaje de los Anales, que también citara
Steiner: Las posibilidades eróticas que
encierran los pies, son infinitas. Dentro de aquellas reglas tan amplias y
flexibles, se permitía además de la poligamia, la poliandria, es decir la unión
de una mujer con varios hombres.
En la noche siguiente se organizó una
asamblea para discutir la postura de Brenda.
— Quiero que me entiendan bien — dijo la
muchacha a sus cofrades— yo no me opongo a la relación que actualmente tienen
con Erick el rojo. Es más, me resulta atractivo y desearía integrarme al
círculo de sus esposas, pero manteniendo mi dignidad.
La señorita Cora, hija y nieta de
anarquistas, había sido contratada por la madre de Brenda como preceptora para
su hija, a fin de contrapesar la influencia de sus tíos obispos. En el curso de
los nueve años en que instruyó a su alumna, había enseñado a Brenda que para
alcanzar sus objetivos no debía renunciar a su
integridad y su dignidad. De este modo, la niña había aprendido a
despreciar la excesiva atención que las mujeres prestaban a los ornamentos, las
vanidades de la sociedad y el ambiente frívolo de las reuniones. En aquella
noche, cerró su primera participación en la Cofradía de las Mujeres Descalzas
con una frase textual de la institutriz, que consideró perfecta para la
ocasión.
— En
las relaciones humanas debe predominar lo que yo siento y quiero hacia el otro,
sin tener en cuenta lo que gane o pierda. El interés financiero hay que
dejárselo a los bancos y desterrarlo de los vínculos humanos.
Lejos de allí, en los acantilados de Cornualles, Erick el rojo esperaba una caravana de coches con un importante cargamento de dinero al cual asaltarían, cuando uno de sus lugartenientes llegó para decirle que en la Ciudad de las Descalzas las mujeres se habían rebelado. El bandolero abrió los ojos, sacudió los rojos cabellos y recibió la noticia pensativo.
— Sabía que en algún momento esto iba a ocurrir
— comentó finalmente — entre los libros subversivos que les permito leer a mis
esposas se encuentra Lisístrata, y se
ve que no sólo conocen la obra, sino que la han aplicado.
Dicho esto, los demás lo miraron
asombrados, sin entender sus palabras y el bandolero rió de su propia broma.
La
vida cotidiana en la mansión de Brenda Diermissen, a la que aún no llegara el fanatismo asesino de las dos guerras mundiales, estaba repleta del vuelo de picaflores, azulejos y
carpinteros traídos de Cuba y de las
selvas colombianas.
Terencia
y Brenda decidirán hacer un intermedio en la narración y saldrán al balcón del
cuarto de los cristales, para ver las extrañas especies de aves que la dueña de
casa habría traído en su viaje a Suramérica Caerá la tarde y desde la tercera
planta de la mansión, las amigas observarán las primeras luces de la ciudad; el
sonido de las campanas de la iglesia llamando a misa vespertina y las chimeneas
arrojando retazos de humo brillante hacia las nubes del otoño .
— ¿Qué
le pasa a la luna? — preguntará Terencia, señalando el cuarto creciente. Una
línea habrá partido el astro, dividiéndolo en dos mitades asimétricas; la de
arriba tendrá una leve e inquietante
torcedura.
— Es
por la época del año — explicará Brenda — El astrólogo oficial de la Cofradía,
explicó que el cambio en la silueta de
la luna se produce por una refacción de la luz al atravesar ciertos gases
suspendidos en la atmósfera. La significación astrológica lo relaciona con
algunos episodios de neurastenia o de locura trágica.
— Te confieso que me siento extraña cuando la
veo, y creo que ella es la responsable de este deseo súbito de comer azúcar y
de una falta de energía que percibo desde mi llegada.
Brenda
señalará un edificio pequeño con forma de cúpula
— Aquel
es el observatorio donde vive el astrólogo. Lo consultaremos acerca de tu síntoma
y de la relación con la luna.
— Debo
confesarte que ocultar tus pies y prohibirme que los vea, hace crecer mi deseo
de observarlos.
— Ya
lo hemos conversado, Terencia. No puedo permitir que me veas descalza. Eso haría
que tu salud peligre.
— ¿
Es una ley que se cumple en todos los casos?
— Eso
depende. A veces las consecuencias son leves. Para asegurar que no sufrirás
daño, deberías formar parte de la Cofradía y el requisito para iniciarte en
ella es que alguien quite la virginidad de tus pies. De ese modo podrías ver los
míos sin dañarte...
— Es
otra cosa que mi mente no puede admitir — interrumpirá Terencia — no se puede
dejar de ser virgen de un órgano que no tiene himen. Cuando me case, mi marido será
el encargado de llevar mis primicias. No hay otra forma de perder la
virginidad. En cuanto a los pies, por una extensión metafórica podría decirse
que en el niño dejan de ser vírgenes al dar los primeros pasos. Por mi parte,
creo que los pies están hechos para caminar y que allí termina su utilidad. El
cúmulo de los significados que describes, puede tener alcance literario. Nada
más.
Brenda
contemplará la luna desviada y dejará que pasen varios minutos antes de
contestar.
— Recuerda
que cuando me descalcé en el sótano, mis pies te tranquilizaron. Es una pequeña
demostración de sus aplicaciones que exceden la función de la simple locomoción.
Además, las historias que te cuento se basan en los pies y no me has pedido que
haga silencio. Si lo hicieras, interrumpiría mi relato y no te guardaría ningún
rencor.
Terencia
se morderá los labios, como arrepentida de haber expresado una opinión
descortés.
— Te
pido que me perdones, amiga. Tienes razón y te ruego que me sigas contando lo
que ocurrió entre Brenda y la anciana, si finalmente encontraron a Pablo.
— La
entrevista entre ambas no se prolongó mucho tiempo. Brenda prometió a la mujer
que esa misma noche, entre las doce y la una de la mañana, hora en que Pablo
había desaparecido, iría a la estación acompañada por su cochero.
“Entiendo
que Pablo puede estar perdido en un mundo intermedio — agregó la muchacha en un
susurro — No le prometo nada, pero quizá pueda hacerlo volver”
Los
ojos de Dorika brillaron con entusiasmo y esperanza. Ante el fin de la
entrevista y la inminente partida de la joven, los mayordomos de la mansión que
habían permanecido de pie en el vano de la puerta, se adelantaron.
“Señorita
debemos informarle que no podrá salir a la calle. Hay multitudes que desean ver
sus pies y como comprenderá, es una situación que implica riesgo para su
integridad”
Brenda se volvió a Dorika.
“Madre,
si es que puedo llamarla así, ¿Hay algún sitio en el que podamos conversar a
solas?”
La
anfitriona asintió y ambas mujeres pasaron a una pequeña habitación con una
claraboya que daba a un patio interno. Brenda se sentó en una de las sillas y colocando
el pie izquierdo encima de la otra pierna flexionada, metió una mano en su
empeine derecho, cerró los ojos, musito unas palabras y luego dio vuelta la
cabeza.
- Le
ruego que recoja los seres que salen de mis pies y los guarde en una caja. Yo
no debo verlos porque si no moriría.
La
madre de Pablo, como miembro de la Cofradía de Mujeres Descalzas había
escuchado hablar de aquel ritual al que llamaban “la Extracción del Doble”,
pero nunca lo había presenciado. Una luz con todos los tonos del espectro,
cruzó rápidamente los pies de Brenda y luego de unos minutos, vario globos se
formaron en los empeines. De ellos la dueña de casa retiró tres seres vivos,
con forma humana, aunque pequeños como dedos pulgares. Los colocó en el
interior de una caja a la que cerró para evitar que Brenda los vea.
La postura de de la joven ante la relación con los hombres, atrajo el interés no sólo de los
miembros de la Cofradía, sino de las mujeres calzadas que vivían en la
periferia de la Ciudad. Ante aquel
llamado a “Mantener la dignidad
femenina”, un grupo importante la cuestionó, alegando que era una recién
llegada y que sus pies permanecían vírgenes, lo que no le otorgaba autoridad para
hablar en nombre de todas.
La señorita Cora, institutriz de Brenda, había sido una
ferviente militante feminista. En 1848, había asistido a la Convención de
Seneca Falls en Estados Unidos, y guardaba una copia de la Declaración de los sentimientos, como llamaban al documento en el
que reclamaban los derechos de las mujeres. Su influencia, había despertado en
la joven el
entusiasmo por la defensa de los derechos de las mujeres.
En sucesivas asambleas donde se expuso
el tema, Brenda repitió una y otra vez
su postura en forma breve y clara. Entre
otros argumentos, contó la historia de la pastora Marcela contenida en la
novela española El Quijote
de la Mancha, donde una hermosa muchacha se niega a los requerimientos del pastor
Grisóstomo; ante este amor contrariado, el enamorado fallece, y aún en esta
situación extrema, y frente al cadáver del joven frustrado, la muchacha responde
a los reproches formulados por los amigos del difunto, insistiendo en su derecho
de amar a quien quiera y afirmando la independencia de la mujer en sus
sentimientos más íntimos.
Con el paso de los días, la convicción
de Brenda ganó el entusiasmo de todas. En las casas de las mujeres calzadas, como
de las descalzas, improvisaron carteles en los que se leía “ZONA FEMENINA LIBERADA”. La idea era que
Tanto Erick el Rojo como sus hombres, los vieran al regresar de la campaña.
Brenda
en tanto, organizó a las mujeres en grupos de trabajo. Componían artículos,
discursos, escribían canciones o poesías, en torno al tema común de valorar a
la mujer y respetar sus derechos. Surgieron algunos problemas, ya que en el
afán de independencia, algunas de las calzadas decidieron dejar los zapatos;
Anabella y otras dos jóvenes de la Cofradía, por el contrario, se sintieron
atraídas por modelos de calzado publicados en una revista de modas que
encontraron en uno de los sótanos donde se guardaba lo recogido en los asaltos.
Los Anales
Descalzos, que también recogieran esta historia, afirmarían que la responsabilidad de las mujeres de la
Cofradía era mantener la desnudez de las plantas ; en caso de no hacerlo, la
tierra se resentiría, abandonaría el corazón de la comunidad de hombres y
mujeres y se produciría una catástrofe. En cuanto a las otras mujeres, la
situación era más ambigua, ya que ellas se calzaban por una convención
establecida por el propio Erick el Rojo con el fin de diferenciarla de las
descalzas, pero nada impedía que adoptaran el estilo de vida de la hermandad.
Lo cierto fue que a la tranquilidad
habitual de la Ciudad de las Descalzas, la reemplazó un permanente debate; las
discusiones se prolongaban durante el día y los temas explotaban en la noche a
través de las asambleas.
—Veo con gran deleite, querida
Brenda que lentamente tu relato se hermana con la lógica. Te lo digo porque te
conozco y sé que desde tu juventud siempre te atrajo el feminismo y fuiste una
tenaz defensora de los derechos de las mujeres. Es un alivio para mí que a despecho de las ideas machistas
predominantes en ese campamento, como la organización retrógrada de un harem, se
haya producido una revolución en contra. No estoy de acuerdo en cambio, con el
debate sobre el pie calzado o el descalzo; me parece secundario frente a la
gravedad de los problemas que las mujeres debemos enfrentar,
— Fíjate,
querida Terencia que esta casa depende de mis pies. No lo has advertido,, pero
en la madrugada, cuando los criados despiertan, se acercan a la puerta de mi
cuarto y de acuerdo al color del brillo que mis plantas despiden y que pueden
ver por la ranura de la puerta, determinarán cómo será su día. Ellos mismos
como habrás visto están obligados a caminar descalzos, con excepción de la
anciana Eduviges que padece de diabetes y es a la única que le permito llevar
unas suaves pantuflas de conejo. Están atentos a lo que ocurre con sus pies, los
consienten, los cuidan y saben que desde los detalles del clima día por día
hasta el sentido de sus existencias, se basa en el hecho aparentemente simple de un pie desnudo que pisa el suelo.
— Brenda, permíteme dudarlo; sabes que adhiero
a la postura científica del Mesmerismo y al Positivismo de Augusto Comte, ,
pero hasta ahora tu relato me resulta edificante y sobre todo muy divertido. Si
bien no encuentro en el mismo nada que me convenza de cambiar la dirección de mi
existencia, estoy intrigada por la suerte de Brenda y sus pies brillando en
medio de aquella ciudad extraña
— La
madre de Pablo siguió las indicaciones de la muchacha en relación a los homúnculos Debía
colocarlos en frascos cerrados, individuales, de vidrio, con agua en la que
flotaran pétalos de amapolas y colocarlos bajo el sol de la tarde; también
debería alistar ropa para cubrirlos, ya que aquellos seres alcanzarían la adultez muy rápidamente y se encontrarían
desnudos Mientras aguardaban la maduración de los homúnculos, Dorika brindó a
su anfitriona tres vasos de licor húngaro, amargo y muy fuerte. El elixir llenó
la sangre de Brenda y le bastó cerrar los ojos un momento para ver
la Ciudad de las Descalzas; avanzaba la mañana y el lugar estaba desierto. En
el tiempo circular que la muchacha transitaba, dos
días atrás se había cumplido la fecha en que ella escapara de la joroba
devoradora de Cristino y atravesara el arroyo y el puente para entrar al reino
de Erick el Rojo. Ahora, en su visión
pudo ver a dos jóvenes con los pies
desnudos recogiendo hierbas con las que
llenarían los colchones. Sin su participación, Brenda sabía que la historia de
la Ciudad de las Descalzas y de sus habitantes sería otra. Los hechos estaban
marcados, pero era posible que se retrasaran o se adelantaran. La ausencia de
la muchacha era como un cono de vacío, una columna construida de nada que el
movimiento del tiempo no tardaría en llenar con otros hechos y otros protagonistas.
Al
terminar el tercer vaso de licor, la joven aceptó la invitación de su
anfitriona y salieron al balcón donde la multitud aclamó a las dos mujeres descalzas que abrazadas a dúo cantaban
viejas tonadas que Brenda aprendiera en
el refugio del bandolero.
Antes
de una hora, los nuevos dobles de Brenda se transformaron en tres mujeres
adultas. Evitando que la joven las vea, Dorika las vistió, calzó con gruesos zapatos y proveyó
de caballos. Uno de los sirvientes se encargaría de conducirlas en direcciones
opuestas y protegidas por pares de guardias pertenecientes a la mansión. Entre
la multitud se corrió la versión de que la señorita descalza estaba por
marcharse, pero cuando estaban por abalanzarse sobre ella, comprobaron que Brenda
estaba firmemente calzada con gruesos botines acordonados que parecían pegados
a sus pies. Aquello hizo que perdieran el interés y se apartaron desencantados. La situación se
repitió dos veces más con los dobles restantes, lo que dio tiempo a la Brenda
orginal, que continuaba descalza, para escapar por otra entrada. Protegida por una cogolla negra, subió
discretamente al carruaje que la llevó a
la casa de su hermano por calles oscuras que la multitud acababa de dejar.
Esta vez, Atilio y todos los sirvientes, la
recibieron con aplausos. El duaño de casa ordenó que lavaran los pies de la
joven con un jabón líquido traído de Turquía y al terminar se presentó ante
ella: “Querida hermana, te ruego que aceptes mis excusas. Cegado por los
prejuicios sociales había olvidado los afanes de libertad que me movieron en mi
lejana juventud. Hace un par de horas, la recepción de la gente y de las
fuerzas vivas de la ciudad hacia tus pies descalzos, fue inesperada. Se me ha
informado que la fama de tus plantas atravesó el océano y que la portada del
Daily Mirror prepara la edición de mañana con la foto de ellos. Los dueños de
los periódicos locales se han comunicado conmigo y compiten por un reportaje. En otras palabras, esos pies
desnudos que he denostado, a los que injustamente te he exigido que cubras con
gruesos zapatos, han aumentado mi prestigio en esta comunidad…”
— Un
momento Hay algo que de pronto acabo de
comprender. — interrumpirá Terencia — Al parecer, la Brenda que se encontraba
con Atilio, no era la que había compartido años atrás el mismo útero materno.
— Celebro
tu agudeza, Terencia. En efecto, no era la misma
— Lo
adiviné cuando de los pies de esa Brenda surgieron los dobles. Repito: “Esa
Brenda”, por llamarla de algún modo, era a su vez una réplica tuya; de allí que
esta parte del relato no la realices en primera persona, sino que hagas referencia
a ti misma como si se tratara de una desconocida.
— Es
verdad, querida amiga.
— Entonces
quedan dos cuestiones que no comprendo: ¿era necesario mentirle a tu hermano? Y
además, ¿cómo puedes contarme con tanto detalle lo que le ocurrió a otra
persona que no eres tú misma?
— Es
difícil precisar una respuesta única a tus preguntas, Terencia. En primer lugar
no creo que a mi hermano le haya mentido.
— Es
hermano quien comparte el útero de una madre. No hay otra explicación.
— Nosotras,
no hemos compartido un útero, y sin embargo en las misivas que nos enviamos
durante los tres últimos años, así como la que preparaba tu llegada a mi casa, nos
dábamos una a la otra el trato de “Querida hermana”. ¿Es que nos estábamos
mintiendo? Además un doble, desde el punto de vista biológico, surge de la
propia sustancia del cuerpo. No hay tejido, trozo de piel, temperatura de la
epidermis, que no haya pertenecido al cuerpo de la fuente, es decir que la
Brenda que estaba en la casa de Atilio, también era su hermana, además de
participar de todos los recuerdos de la infancia
— Está
bien. Por ahora lo acepto. Sigue con la historia.
— Eufrasio,
tal era el nombre de la joroba de Cristino, se alojaba en las habitaciones de
los sirvientes y la muchacha lo hizo llamar. Vestía un sombrero de ala ancha
que ocultaba en parte su cabeza y los detalles que lo mostraban como joroba. Frente
a Brenda se lo quitó exhibiendo la tonsura y los hematomas que rodeaban la
testa. Se inclinó junto a la muchacha y arrodillado junto a ella besó sus pies.
“Brenda, necesito estar dentro de ti — dijo la joroba — estar en tu interior es
como beber un néctar necesario para mi vida. Déjame entrar Brenda…”
La
anfitriona se detuvo al ver que su huésped la escuchaba con los ojos muy
abiertos, mientras un creciente rubor llenaba sus mejillas.
— ¡No
tienes que ser tan directa con tus descripciones!.
— ¿Qué
estás diciendo, Terencia? Cuando Eufrasio le pidió entrar dentro de ella, Brenda
acercó su tobillo derecho, la giba se convirtió en un humo muy tenue y sutil y
penetró en el interior del pie.
Las
mejillas de Terencia seguirán rojas. En la semipenumbra, advertirá la silueta
del enorme negro que simulando regar una
planta, la observará fijamente desde la puerta.
Según Steiner, los Anales Descalzos
citan a la rebelión de las mujeres del refugio y la llaman El Levantamiento Universal. La obra perdida, siguiendo el esquema
de una crónica, afirmaría que en la séptima noche de antorchas y asambleas a
favor del feminismo, cuando faltaban
horas para el regreso de Erick el Rojo y sus hombres, dos
jóvenes druidas, con los torsos desnudos se presentaron en la casa central y ordenaron
que Brenda fuera de inmediato
a la cabaña de Benita Garmendia.
Ya era de noche cuando la muchacha llegó
a la vivienda de la anciana. Iba a golpear, pero advirtió que la puerta estaba abierta y entró.
La recibió un fuerte olor a frutas y a través de la cortina de algodón que
separaba el ambiente, pudo ver los pies de Benita que despedían un suave
resplandor celeste. Seguían enormes, pero despidiendo aquel vaho fresco, parecido a los
aromas de la vegetación en los amaneceres del río.
La anciana ordenó a Brenda que pasara:
había peinado sus largos cabellos, y respiraba regularmente; los tonos rosados
de su rostro le daban una intensa lozanía y un fresco aire de juventud. Sonrió
a la muchacha mientras señalaba sus pies un poco más deshinchados.
— De mis plantas se han marchado algunos
demonios, por lo que la atmósfera está más respirable que otras veces. Siéntate
y ponte cómoda, Brenda. Me han dicho que estás haciendo una campaña importante
sobre los derechos de las mujeres.
— No
sé si es importante, señora. Sólo me limité a hablar de mí; no estoy segura de
querer ser una de las esposas de Erick el Rojo.
— A veces los deseos más profundos se
contagian. Puedo ponerte ejemplos en la historia y te afirmo que ese es el
mecanismo de muchos movimientos que cambiaron la humanidad. En la charla pasada
te dije que uno de mis dobles dirige una importante y agresiva logia que se ha
separado de la Cofradía de Mujeres Descalzas. Ya habrás advertido que no se
trata de una organización bucólica, en la que las mujeres se limiten a divagar
sobre los matices de las sensaciones que producen las plantas al pisar el
suelo. Los pies de mi doble son los más perfectos de Europa y dominan a unos
seiscientos hombres, todos guerreros de
las plantas, como se llaman a sí mismos. Su objetivo es eliminar de modo violento el retifismo, o sea el odio a las mujeres
que se descalzan y para eso hacen estallar bombas en todos los lugares públicos
de Europa.
Durante su charla, los pies de la
anciana se cubrieron de grietas por las que una luz líquida, de color naranja se derramó
por los gruesos tobillos y las gigantescas plantas, llegando al piso en forma
de goterones humeantes. En la habitación, no eran necesarias las lámparas.
— No pienses que estas luces son una
muestra de vitalidad, niña. Por el contrario, el mensaje que dejan es que mi
vida no se prolongará mucho más. Sin embargo, no me marcharé de este mundo y
volveré a través de mis dobles. Ese es el secreto de una vida descalza, te lo
digo a ti que recién empiezas. Las mujeres que caminamos con las plantas desnudas,
tenemos la prerrogativa de no morir nunca, a menos que corten nuestros pies y
los destruyan… y ni aún así. Hay algo más que debo decirte
La mujer se detuvo con un ataque de tos.
Con un gesto pidió a Brenda que le alcanzara una
bacinilla en la que escupió algo grueso y cubierto de pelos. La muchacha apartó
la vista.
— Estoy de acuerdo sobre tus reservas ante
Erick el Rojo, y te aconsejo que no pierdas nunca ese sentido del amor
matrimonial, no sólo en relación a él, sino a todos los hombres que se crucen
en tu camino. A pesar de no poder salir de esta habitación, de tener que
depender de las hermanas de la Cofradía para que me alimenten y me limpien,
pude verte en tus arengas; te mueves y hablas como si estuvieras en las plazas
de Londres, junto al Sena, o en los paseos públicos de Alemania y España. En la
casa central donde vives hay dos bibliotecas repletas de obras prohibidas a las
que puedes acceder libremente. Erick el Rojo es un entusiasta lector de Erasmo
de Rotterdam, del que ha tomado sus ideas de tolerancia y las aplica a quienes
están a su cargo…
Benita se interrumpió; incorporándose en
la cama, tomó a Brenda del escote y acercó
su rostro al de la muchacha para dar énfasis a sus palabras.
— ¡Nunca deberás olvidarte que estás en
una cueva de ladrones!. Las leyes de aquí no son las que rigen en las capitales
de Europa. Allí los nobles se pelean por elogiar tus pies. Aquí andar descalza,
cuidar de tus plantas es un modo de supervivencia. El instinto y el deseo rigen
la vida. Deberás olvidarte de tu educación, de los valores que te inculcaran
durante la infancia. Lo que te enseñaron como malo pasará a ser bueno y
viceversa. Sabrás quien fue Atila: un guerrero bárbaro que asolaba los campos
por los que pasaban sus tropas. Piensa que Atila y sus huestes han pasado por
tu pecho. Eso es lo que se logra cuando se atraviesa la quebrada, el puente y
el bosque y se ingresa a la Ciudad de las Descalzas. Deberás volver a edificar
tu vida en un paisaje de ruinas.
Benita Garmendia tuvo un nuevo ataque de
tos del que no se repuso. La joven golpeó su espalda una y otra vez, pero fue
inútil. Finalmente llegaron dos mujeres calzadas e indicaron a Brenda que debía
retirarse.
En la noche siguiente se programó otra
asamblea. Las mujeres se presentaron desde temprano e improvisaron una tribuna
en un tablado . En la primera parte se
permitió que cada una dijera lo que pensaba. Los discursos eran cada vez más
inflamados; sobre el final, Josefina subió a la silla que hacía las veces de
tarima
— Nuestra hermana Brenda estuvo anoche con
la honorable dama Benita Garmendia. Nos dirá lo que habló con ella.
El anuncio tomó de sorpresa a Brenda y
al subir a la tarima, recordó que Benita
no había afirmado claramente si estaba o no de acuerdo con el movimiento. Pensó
rápidamente: la anciana había aceptado su negativa a convertirse en una esposa
más de Erick el Rojo, pero en cuanto a la liberación de las mujeres, dejó entrever que estaba en desacuerdo. Desde la tarima, la joven habló a
descalzas y calzadas.
— Benita Garmendia dijo que estaba de
acuerdo con la dignidad que significa para la mujer tener una justa relación
con los hombres, en los que no haya dominados ni dominadores. En cuanto a
nuestra lucha, debo reconocer que no se ha expedido. Se limitó a afirmar que uno
de sus dobles dirige una agresiva logia en la que una cantidad de hombres
adoran sus pies y que realizan atentados contra los notables de toda Europa… —
la interrumpió un aplauso — Antes de un fuerte ataque de tos que no le permitió
seguir hablando, se limitó a recordarme que no me encuentro en las plazas
europeas; que al entrar aquí se impone olvidar todo mi pasado; que no estoy en
un mitin civilizado, sino en una cueva de ladrones…
Brenda se detuvo. El silencio del
auditorio fue súbito y profundo. Calzadas y descalzas se miraron entre sí; de pronto,
algunas parecíeron avergonzadas, otras bajaron sus cabezas y en todas se
advirtió una expresión de desaliento. Segundos después empezaron a marcharse y
en pocos minutos el prado quedó vacío. Brenda pensó en llamarlas, pero la reacción
había sido tan terminante que no se animó. Josefina le hizo una seña para que
baje de la tarima.
— Con tus palabras, nuestro movimiento
acaba de finalizar.
— ¿Qué es lo que dije?
— Trasmitiste las palabras de la señora
Benita Garmendia. Ella no está de acuerdo con lo que hacemos y tiene razones
valederas. Esta no es una sesión del parlamento ni estamos en una plaza de
Londres o París. Lo entenderás cuando pasen los días y vivas más cosas entre
nosotras. Además, recuerda que Erick el Rojo y sus hombres llegarán dentro de
un par de días; algunas avanzadas ya pueden estar aquí.
Josefina señaló con un gesto la plaza
improvisada junto al río; ya se retiraban los últimos grupos y las débiles luces de las lámparas y de la
luna, daban una intensa sensación de soledad.
— Si las mujeres descalzas comprendemos que
una propuesta no es legítima , la
abandonamos en el acto. Todas actuamos al unísono. No importa cuán
entusiasmadas estemos. Nuestros pies desnudos, además de darnos fuerza, nos
proveen de lucidez. Quizá si reclamáramos más derechos como mujeres, podríamos
obtener algunas ventajas, pero se destruiría la paz y la serenidad que se ha
podido conseguir en esta cueva de
ladrones, como la llamó la señora.
— No entiendo bien. Benita Garmendia trasmitió
una advertencia, no emitió un dictamen no promulgó una orden.
— Lo que la señora dijo fue un dictamen.
Esa es su forma de entenderlo.
Aquella noche había luna llena y un
viento “cargado de agua” como dirían
los campesinos del lugar, alborotaba los cabellos de las jóvenes. Josefina acompañó
a Brenda hasta la casa, y mientras caminaban la tomó de los hombros. Ambas
amigas se despidieron con un beso y la muchacha subió a su cuarto en la planta alta.
Cansada y un poco desconcertada, vistió su camisón y lavó los pies con agua
tibia, como era costumbre en la Cofradía. Tardó en dormirse; no llegaba a
entender el por qué del rechazo de las mujeres a luchar por sus derechos.
En la madrugada despertó de pronto y vio
la luna entrando por la ventana abierta; un halo a su alrededor, anunciaba la lluvia
y se asombró al recordar que había cerrado los vidrios; en el momento de
incorporarse, advirtió que en el cuarto había alguien más. Antes que pudiera
gritar o escapar, una sombra se arrojó sobre ella, la sujetó y colocó un
pañuelo entre sus dientes. Luego la tomó entre los brazos y la cargó en los
hombros. Brenda intentó gritar, pero sólo pudo musitar sonidos guturales. Su
captor apretó un punto en su cuello y sus miembros se inmovilizaron. Se sintió dormida, pero sus sentidos seguían funcionando.
Entonces la ventana avanzó hacia ella y vio el vacío. No caía, sino que el piso
se acercaba a su rostro. Tardó en reconocer las manos que la sostenían, el
galope del caballo y el olor a traspiración y a tabaco. La bestia avanzó hacia
la noche y Brenda sintió en su rostro las ráfagas de la lluvia.
Ricardo Iribarren
© Ricardo Iribarren El Viaje de Brenda o Los Pies de la
Novia - Capítulo 2
"La Ciudad de las Descalzas"
Dirección Nacional de Derechos de Autor
Registro Nº 5002200 - Buenos Aires, marzo
19 de 2012
Fecha 13-may-2012 21:08 UTC
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